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Analizamos "ShowMatch": el lunes termina mucho más que el Bailando 2016

15 de diciembre de 2016 19:14
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Analizamos "ShowMatch": el lunes termina mucho más que el Bailando 2016

El posible año sabático de Marcelo Tinelli, la necesidad de cambiar, un conductor atrapado en su propia fórmula. El 2017 podría ser clave para el futuro del último gran suceso de la pantalla argentina.

Suponer que los televidentes son rehenes del programa más visto de la Argentina es absurdo. Uno puede librarse de Tinelli cambiando de canal, abriendo un libro o escuchando un vinilo.

Resulta necesario, entonces, modificar la perspectiva, y en lugar de pensar por qué consumimos un producto que criticamos y consideramos lleno de grasas transgénicas, mejor analizar por qué los mismos hacedores de ShowMatch se enfrentan a la imposibilidad de renovar el formato, como una suerte de castigo griego que los obliga a repetir una rutina con idénticos contratiempos y con la misma dosis de estrés.

En el camino a la final que se disputa el lunes, el programa nos deja su habitual sensación de déjà vu. Algunos vaticinan que 2017 marcará otro año sabático, pero sería imprudente escapar del rumor, porque estas decisiones se ajustan sobre la marcha. Si bien es cierto que el rating languidece, toda la televisión argentina es afectada por una hemorragia del encendido. La misma televisión languidece, o bien se va transformando en algo que aún no podemos diagnosticar.

Al repasar ShowMatch durante este año, uno percibe dos generalidades: que la narrativa del show fue óptima en cuanto a peleas y calidad de baile; y que en su trasfondo se detectaron ciertos resquebrajamientos, algunos cabos sueltos, rarezas, ambigüedades, como si el formato no fuese tan osado como para aniquilarse, ni tan testarudo como para perpetuarse.

Una instantánea que sintetiza esta neurosis fue el aquadance #StopBullying, de Lizy Tagliani, que concluyó con una discusión que hizo llorar a Pampita, alegremente bullyineada desde todos los frentes posibles, hasta que estalla y le reprocha a Marcelo que lo menos que puede hacer es defenderla como mujer.

El doble discurso de ShowMatch está lejos de ser un hallazgo, pero la presión histérica de lo políticamente correcto lo somete a encrucijadas cada vez más evidentes.

El combustible del programa es la violencia simbólica, el nervio de la competencia y del rencor, esos choques pasionales imprescindibles para producir “lo dramático”, y que con el prisma del reality derivan en estricto voyeurismo. Deseamos ver lo prohibido: una sitcom de autos yendo de un estudio a otro para respetar la perimetral entre Fede Bal y Barbie Vélez, o la ilusión incestuosa del jurado para que Oscar Ruggeri perree lascivamente con su hija Candela.

Tinelli busca maquillar con buena fe y pose sofista estos exabruptos, pero ya no los digita ni controla; el programa encontró su espíritu, y este espíritu envuelve a los participantes, a los productores, a los jurados y hasta a las bailarinas sentadas en un rincón. Tinelli termina convirtiéndose en el moderador de un producto autoconsciente que parece seducirlo sólo de a ratos.

Esa improvisación trash de los viejos tiempos ahora está sujeta a un esquema obediente. La coreografía del segundo ritmo libre de Pedro Alfonso y Flor Vigna fue reveladora al respecto: resumieron en dos minutos cada fase del programa: ingreso, pelea, selfie, baile, votación, duelo, definición telefónica. Las fases apelaban a la memoria emotiva valiéndose de la música correspondiente.

Algunos intentos de la producción para oxigenar este esquema obediente consistió en incorporar ritmos aparatosos que hicieron del certamen una exhibición de videoclips teatrales. Los ritmos libres y los homenajes fueron despliegues exuberantes que requerían más puesta en escena que baile. También propusieron ritmos que necesitaban invitados: salsa de a tres, merengue en familia, chachachá con famosos, creando un carrusel de rostros emisión tras emisión. Idéntica modalidad con el jurado: reemplazos breves que renovaban la energía del estudio y aportaban otros colores. Y ni hablar de la camada de nuevos participantes que se sumaron a mitad de concurso en consecuencia al efecto dominó de renuncias.

La impotencia para torcer el formato sigue develándose si uno considera que el “Bailando” constituye apenas un segmento de ShowMatch, pero que rápidamente se impone y desclasa a otros segmentos como “Gran cuñado”, “El show del chiste” o las cámaras ocultas. A mitad de año, son un recuerdo vago.

En varios portales trascendió que Hoppe y Prada emprendieron una cruzada por el mundo para importar nuevos formatos.

También habría un pase crucial: Este es el show se mudaría a Canal 9. Sin dudas son movidas arriesgadas para trastrocar las reglas del juego, pero el desafío adquiere en el fondo una magnitud mayor: se trata de entender qué está pasando con la televisión como soporte de entretenimiento, cómo se retroalimenta con los flujos sociales de nuestra época y cómo se regula la multiplicación de una farándula con focos de resistencia en las redes sociales.

Si Tinelli y su equipo resuelven estos acertijos, continuarán siendo los monarcas de la pantalla. Mientras tanto, sigue el baile a pasos inciertos.Este jueves no hay programa por el final de la Copa Argentina que disputarán River y Rosario Central. Mañana será la segunda semifinal; y el lunes, la instancia definitoria. Conducido por Marcelo Tinelli, por la pantalla de El Doce.

Para ver. Este jueves no hay programa por el final de la Copa Argentina que disputarán River y Rosario Central. Mañana será la segunda semifinal; y el lunes, la instancia definitoria. Conducido por Marcelo Tinelli, por la pantalla de El Doce.

Fuente: vos.lavoz.com.ar

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