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Como cuando bajamos del barco

11 de marzo de 2015 19:23
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Lejos de corresponderse con un hecho aislado, susceptible de consumirse en sí mismo, la agresión verbal propinada por Sebastián Saja a Adrián Bastía es más bien una elocuente expresión de lo lejos que marcha la cultura futbolera en materia de mente abierta, desprejuiciada, respetuosa de las autonomías individuales.

En efecto, sería un pecado de ingenuidad y por añadidura un pecado de ligereza subordinarse a los Pilatos de ocasión, "son cosas del fútbol", "tampoco hay que ponerse solemnes", "Saja no quiso decir lo que dijo", etcétera, etcétera, etcétera.

El futbolista que se dirigió a su colega Bastía de forma despectiva, y aludió a su supuesta elección sexual con la palabra más coloquial pero también más grosera y más hiriente, está muy lejos de ser un adolescente precipitado, un jovencito despistado o un adulto desinformado.

Amén de ser el capitán de Racing, lo cual per se implicaría un mínimo, vital y móvil de seriedad, de mesura y de decoro, el Chino Saja es ya un señor cercano a los 36 años, con quince años en el profesionalismo, cientos de partidos sobre el lomo y, hasta donde se sabía, deducía, o suponía, un bagaje formativo superior al de la media del futbolista de este tiempo.

Sin embargo, en medio de una disputa si se quiere menor, procuró zanjar la cuestión mediante el dudoso, brumoso y viscoso camino de la categorización moral, y para peor tomando como referencia central en cuáles camas estaría inclinado a meterse el Polaco Bastía.

Supongamos, Saja, que sí, que Bastía es homosexual: ¿qué problema hay?

¿Qué lo hace pensar, Saja, que su rozagante masculinidad, que dicho sea de paso no fue suficiente para impedir que su agredido le marcara un flor de gol, lo convierte en una persona mejor que un homosexual en general y que el presunto homosexual Bastía en particular?

Su reloj interno atrasa, Saja, y atrasa mucho, atrasa tanta que amén de ser uno de los líderes del plantel de Racing ha devenido líder de lo más retrógado de la comunidad futbolera.

En realidad, aun en pleno tercer lustro del Siglo XXI los grandes trazos de la comunidad futbolera persisten en tics discriminatorios que allende las canchas han perdido terreno y todo indica que, por fortuna, por buena fortuna, están condenados a decrecer y acaso algún día, por qué no, a extinguirse.

De momento no hay tanta diferencia con aquellos tiempos en los que un entrenador de la Selección nacional, Daniel Passarella, declaró muy suelto de cuerpo que en las concentraciones de sus equipos no eran bienvenidos ni peluqueros ni homosexuales, y eso porque tanto en las tribunas cuanto en el seno mismo de los planteles no ha dejado de privilegiarse la premisa de que la patria del hombre es el cuerpo y que el cuerpo bueno, virtuoso, moral, es el cuerpo del heterosexual.

Fuente: deportes.telam.com.ar

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