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Corre, Axel, corre : : Diario El Litoral

16 de junio de 2014 23:56
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Corre, Axel, corre   : : Diario El Litoral

La reciente decisión del Banco Central de atar las tasas de interés de los créditos personales y prendarios a las que la entidad paga a los bancos comerciales es un nuevo triunfo de Axel Kicillof en su intento de erigirse en zar de la economía y asegurarle a su jefa, la presidente Cristina Fernández de Kirchner (CFK), el mejor tránsito posible hasta las elecciones presidenciales de 2015.

A fines de 2013, Kicillof comenzó a los tumbos su gestión como ministro, que complicó aún más con la devaluación sin plan que realizó en enero de este año. Cuando el dólar parecía a punto de desbocarse, la inflación se aceleraba y las reservas parecían extinguirse, el presidente del BCRA, Juan Carlos Fábrega, salió al rescate con un fuerte apretón monetario que, reforzado por algunas medidas administrativas y el inicio de la etapa de liquidación de las exportaciones sojeras, le permitió al gobierno salir de la dinámica hiperinflacionaria, aunque al costo de profundizar las tendencias recesivas que ya se habían manifestado en el último cuarto del año pasado.

Así fue como la economía entró técnicamente en recesión (dos trimestres consecutivos de caída del nivel de actividad) pero todavía con altas tasas de inflación, situación que, cuando perdura, se conoce como estanflación. Sin embargo, tras el remezón inicial, con el dólar oficial congelado durante cuatro meses y los ingresos reales de trabajadores y jubilados en caída, la inflación empezó a ceder.

Mientras eso sucedía, Kicillof realizó una serie de pasos para restablecer el crédito internacional y aceitar con esos recursos la etapa final del gobierno crisnerista. De paso, se dedicó también a empiojar lo más que pudo la herencia de CFK.

De esa cosecha son el arreglo con Repsol, que en un 90 por ciento deberá pagar el próximo gobierno y, más recientemente, el acuerdo con el Club de París, en el que el ministro cumplió la voluntad presidencial de evitar la intervención del FMI al costo de prescindir de un plazo de gracia razonable, pagar tasas de interés más altas, engrosar la deuda en nada menos que 3.700 millones y acortar el plazo de pago al punto que éste recaerá casi íntegramente sobre el próximo gobierno.

Otros dos gestos para complacer a potenciales financistas e inversores, fueron la alfombra roja que Kicillof y CFK le tendieron al secretario de Energía de Estados Unidos, Daniel Poneman, quien realizó junto al presidente de YPF, Miguel Galuccio, un tour por la formación de gas y petróleo no convencional Vaca Muerta, y la negociación en la que le torcieron el brazo a los gobernadores de las provincias hidrocarburíferas para complacer no sólo a Galuccio, sino también a actuales y potenciales socios de YPF (Chevron y otras petroleras internacionales) interesadas en Eldorado argentino del siglo XXI.

De cosecha propia, Kicillof también logró en los últimos días prorrogar por un año el acuerdo de intercambio automotor con Brasil (el vigente vence el 1º de julio), paso imprescindible para atenuar la crisis del sector, que ya empezó a impactar en el empleo.

Ahora, el gobierno trabaja en una rebaja de precios de los autos, para revertir parcialmente el daño que hizo con el impuestazo con el que a principios de año, al intentar cerrar un canal de sangría de divisas, provocó un brusco parate del sector que en los años previos había liderado el crecimiento industrial.

En ningún momento el activismo de Kicillof apuntó al mejor arreglo para la Argentina, sino el políticamente más conveniente para la presidente: beneficios a corto plazo, en lo posible acompañados por el empinamiento de los costos e inconveniencias a partir de 2015.

El arreglo con el Club de París es, de algún modo, similar al Megacanje con el que a mediados de 2001 Domingo Cavallo buscó exorcizar el fantasma de la insolvencia y el default. Aquella operación fue presentada inicialmente como un éxito por el monto de deuda que se canjeó: 30.000 millones de dólares.

Pronto, sin embargo, quedó en evidencia que el gobierno aceptaba pagar tasas extraordinariamente altas para no afrontar los vencimientos inmediatos. Era un reconocimiento implícito de insolvencia. Tras una pausa de semanas, la ofensiva financiera contra la convertibilidad se reavivó y terminó seis meses después como todos sabemos.

Un punto clave de la estrategia es el entredicho con los buitres financieros que se tramita en la Justicia de Estados Unidos. Si el gobierno logra estirar la resolución a principios de 2015, también ese frente quedará resuelto del modo que quiere la presidente: beneficio inmediato, costos, lo más pesados posibles, para el que siga.

En un caso, se trata de destituir a un fiscal por atreverse a investigar en serio la “ruta del dinero” en torno de Lázaro Báez, el ex cajero del Banco de Santa Cruz que gracias a su amistad con los Kirchner se transformó en la “década ganada” en un ganador serial de contratos de obra pública, mientras por otro carril se expandía el negocio del juego, de la mano de otro amigote de los Kirchner, Cristóbal López.

En cuanto al caso Ciccone, a esta altura es prácticamente imposible creer en la inocencia de Boudou. La cuestión es hasta qué punto sus maniobras para que un par de amigotes se quedara con la máquina de hacer billetes respondieron a instrucciones de más arriba.

Pero volvamos al inicio: ahora Fábrega, el que evitó la hiperinflación, quedó presa del sistema que le impuso Kicillof. Si en los próximos meses tuviera que subir la tasa de interés para colocar letras y manejar la liquidez bancaria (algo no sólo posible, sino incluso probable, si Axel sigue ignorando el gasto y el déficit públicos) estará aumentando, ya no indirecta sino directamente, el costo de la recesión y asumiendo las responsabilidad que Kicillof esquiva y busca hacer esquivar a su jefa.

Fuente: ellitoral.com

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