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La CUP, el grupo anarquista que mantuvo en vilo al sistema

4 de enero de 2016 04:02
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Candidatura d'Unitat Popular es anticapitalista, no tiene líderes y se gobierna por asambleas

MADRID (De nuestro corresponsal). Tiene algo poético que el futuro institucional de Cataluña, y en buena medida el de España, hubiera quedado en manos de un grupo anarquista, sin líderes y cuyo objetivo declarado es acabar con el Sistema.

A los militantes de la Candidatura d'Unitat Popular (CUP) les cayó una responsabilidad que no soñaban. Y acaso ni siquiera querían. La crisis de legitimidad de la política catalana, cruzada por la corrupción y el debate nacionalista, les entregó en las últimas elecciones un 8% de los votos, 10 diputados y la llave de la gobernabilidad. Nada más incómodo para un movimiento asambleario y amante del caos, pero de un caos tranquilo. Sin violencia ni ¡vade retro! responsabilidades de Estado.

La CUP tenía una vida apacible hasta los comicios del pasado 27 de septiembre. Tres diputados en el parlamento catalán, un puñado de concejales en los ayuntamientos y un programa pensado para ser minoritario. Sus highlights: desobedecer leyes que consideren injustas, romper con España sin negociar, sacar a Cataluña de la Unión Europea, salir del euro, despenalizar el consumo de drogas, nacionalizar la banca y estatizar los servicios públicos. Su clientela se compone sobre todo de jóvenes menores de 35 años, hartos de los políticos tradicionales.

La matemática envenenada del modelo parlamentario hizo que únicamente con sus apoyos en el Parlamento, el nacionalista Artur Mas pudiera ser investido presidente, condición sine qua non para poner en marcha el llamado "Proceso" hacia la independencia. Los cuperos quedaron atrapados. ¿Qué priorizar, la lucha contra el capitalismo o contra España? Mas es un símbolo ambiguo: abanderado de la burguesía catalana y del secesionismo.

El lío descolocó a sus referentes, perdidos ante el reto de sostener una filosofía asamblearia dentro de un esquema institucional. Por estatuto, no tienen líderes. Quien es diputado un mandato, debe renunciar en el siguiente. El poder reside en una serie de asambleas territoriales soberanas, en las que ningún asistente tiene más poder que otro. No hay métodos establecidos para resolver cuestiones trascendentales. A veces se vota a mano alzada; otras, con urnas y papeletas escritas a mano.

Así ocurrió el domingo de la semana pasada en Sabadell (Barcelona), cuando más de tres mil simpatizantes se reunieron a puertas cerradas en un gimnasio para decidir qué debían hacer con Mas los 10 diputados de la CUP. Terminaron empatados: 1515 querían apoyarlo y otros tanto vetarlo. En las últimas semanas enfrentaron presiones brutales del independentismo, una ola social omnipresente en la cultura catalana. Mas y sus socios creían que finalmente iban a doblegarlos.

Estuvieron cerca. Uno de los dirigentes más respetados de la CUP, David Fernández, se movilizó para destrabar el bloqueo. Este periodista de 41 años se hizo famoso en 2013 cuando en una sesión parlamentaria amenazó con tirarle una sandalia al ex ministro y banquero Rodrigo Rato. "¡Nos vemos en el infierno, gángster!", le gritó.

En el bando contrario se hizo fuerte la profesora universitaria Anna Gabriel, de 40 años, activista del anticapitalismo que movilizó a las bases en contra de Mas, al que acusa de corrupto. Otra figura clave es Josep Manuel Busqueta, un panadero que pasó años en Venezuela asesorando al gobierno de Hugo Chávez.

A la reunión decisiva de ayer llegaron 67 personas del denominado Consejo Político, con mandato para dictar sentencia sobre el futuro de Cataluña. Traían el veredicto de docenas de asambleas locales.

Pero no tenían método para votar. Pasaron las primeras tres horas discutiendo las reglas, las proposiciones que debían someterse a elección y la forma de resolver otro eventual empate. Los ministros de Mas los sufrieron durante meses y las gestiones fueron pintorescas. Primero le exigieron a Mas renunciar. Después propusieron "una presidencia coral y rotativa", al final aceptaron considerar una reformulación de la Generalitat con un gobierno diluido en cuatro figuras de peso equivalente.

Divididos, decidieron que no. Que habrá nuevos comicios en marzo. Incluso cuando corren el peligro de que los castigue el electorado que los creyó un instrumento real para la independencia. Se arriesgan a perder apoyos del separatismo, a manos de la coalición de Mas, y también de quienes pelean por un cambio social, que votarían por Podemos.

Al menos nadie podrá acusarlos de ser incoherentes con su promesa de poner a temblar el sistema.

Fuente: lanacion.com.ar

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