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Del barrio platense a las valijas y la fama, y de allí a la cárcel

9 de abril de 2016 04:08
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Del barrio platense a las valijas y la fama, y de allí a la cárcel

La historia del hombre que eligió convertirse en arrepentido para revelar la trama de la corrupción del kirchnerismo.

Al principio, como todo principio, eran las remeras de algodón, los jeans gastados, los partidos en la cancha de fútbol 5 “El Fortín del Sur” de La Plata, una hamburguesa al paso en Mc Donald’s y los viajes en colectivo para completar sus estudios en la Universidad Nacional de La Plata, donde quería recibirse de contador nacional. Hasta ahí, con 24 años, todo legal, todo decente. Lo más exótico era su rodete.

Una pareja, un hijo en camino, un empleo con sueldo fijo en la compañía The Capital Corporatión, del Banco Comafi, y un Peugeot 2006. Leonardo Fariña era, hasta entonces, un pibe de barrio. Uno como tantos otros. Nada más que agregar.

A los pocos meses, el despegue. Alquiler de más de veinte aviones privados, una flota de autos -Audi, Ferrari, BMW X6-, la mudanza a Puerto Madero, y un verano explosivo en Punta del Este, el verano del 2011. Todo desproporcionado. Todo imposible de sostener.

Según narra Daniel Santoro en su libro “La Ruta del dinero K”, el punto de quiebre ocurrió cuando Leonardo Fariña, como empleado de The Capital, fue convocado por Austral Construcciones para la compra de 50 camiones y remolques para una obra. Necesitaban un crédito del banco. Fariña les explicó que el negocio corría por otro carril: les convenía armar un fideicomiso con un banco del Estado y si juntaba los certificados de obra de todas las empresas, podría conseguir 350 millones. Primero convenció a un contador de Austral, luego a Martín y después a su padre.

A Lázaro Báez, titular de Austral Construcciones, le pareció un buen consejo. El chico Fariña impresionó bien a la familia. Ese fue el arranque. E incluso lo llevó a un asado con Néstor Kirchner, poco antes de que el ex presidente falleciera en octubre de 2010, en la chacra “inteligente” de Río Gallegos.

En el esplendor de su fortuna, para explicar su mágica suerte, Fariña dejaría correr la versión de que era el hijo no reconocido, pero dilecto, del ex presidente. Se inflaba el “mito urbano”.

Tras la muerte de Kirchner, Fariña tuvo más valijas y más necesidad de blanquear dinero. En el medio del vértigo de la compra de un campo “El Entrevero”, en José Ignacio, Punta del Este y otro en Mendoza, conoció a la modelo Karina Jelinek, le propuso matrimonio, se casaron con una fiesta que costó 250 mil dólares en el Tatersall de Palermo y se divirtieron en el sillón de Susana Giménez a la vista de millones de argentinos. Todo era felicidad.

Vivían en un piso 23 sobre avenida del Libertador, que había pertenecido a la pareja Menem-Bolocco. “Le cocino milanesas en tanga”, declaraba la modelo. Fariña abandonó la remera de algodón. Usaba camisas de seda Armani.

Antes de la ruptura con Lázaro Baez a mediados del 2011, Fariña se sumó a la financiera de Federico Elaskar llamada Southern Globe Investments, SGI, (“La Rosadita”), en el mítico edificio Madero Center donde entraba plata fresca que luego se llevaba a Panamá. Elaskar dijo que lavaron 55 millones de euros de Báez. Luego, Fariña no pudo manejar la ostentación y se hizo demasiado visible. Empezó la desdicha.

La AFIP, dirigida por el kirchnerista Ricardo Echegaray, fue por Fariña, no por Báez. Fariña perdió protección y dejó de ser Gordon Gekko, el personaje de Wall Street. Y aquí comenzó a nacer el huevo de la serpiente que ayer se rompió en Tribunales. Fariña, con un sueldo de 6.300 pesos y sin tarjetas de crédito a su nombre, no podía explicar el origen de su parque automotor, ni de sus bienes. Lo acusaron de evasión impositiva agravada por la compra del campo de Mendoza y el juez federal de La Plata, Manuel Blanco, lo mandó a prisión.

Pero en realidad, había un faltante de dinero administrado por Fariña que la familia Báez quería recuperar y comenzó el conflicto interno en “La Rosadita”.

La caída fue con la misma velocidad que el despegue. La autoconfesión en Periodismo para Todos, la desmentida en los programas de espectáculos, la explosiva separación con Karina Jelinek y enseguida llegaron los meses de cárcel, donde comparía cigarrilos con el líder de Callejeros, el Pato Fontanet. Hasta ese momento, Fariña era el único preso del escándalo de “La Rosadita”.

Hasta que ayer volvió a salir de la oscuridad. Cuando comenzó a hablar, el juez Casanello decidió instaurar el secreto de sumario en la causa. Fariña se convirtió en un arrepentido. Quiso cobrar venganza de las horas aciagas.

Fuente: clarin.com

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