Reciba las últimas noticias sobre temas interesantes con NewsHub. Instalar ahora.

¿Sabemos hacia dónde vamos en Ucrania?

8 de marzo de 2014 04:29
48 0

La discusión pública sobre Ucrania gira en torno a la confrontación únicamente. Pero ¿sabemos hacia dónde vamos? En mi vida he visto cuatro guerras, que comenzaron con gran entusiasmo y apoyo público. No sabíamos cómo terminarlas a todas ellas y de tres nos retiramos de forma unilateral. La prueba de la política es ver de qué forma termina una guerra, no cómo comienza.

Con demasiada frecuencia, el tema Ucrania es planteado como un momento decisivo que consiste en ver si Ucrania se suma al Este o al Oeste. Pero si Ucrania desea sobrevivir y prosperar, no debe ser la avanzada de una parte contra la del otro. Debería funcionar como un puente entre ambas.

Rusia debe aceptar que tratar de forzar a Ucrania a un status de satélite, y volver a mover las fronteras de Rusia, condenaría a Moscú a repetir su historia de ciclos autocumplidos de presiones recíprocas con Europa y Estados Unidos.

Occidente debe entender que para Rusia Ucrania nunca puede ser un mero país extranjero. La historia rusa comenzó en lo que se llamaba el Kievan Rus. La religión rusa se propagó desde allí. Ucrania fue parte de Rusia durante siglos y sus historias estaban ligadas desde antes. Algunas de las batallas más importantes por la libertad rusa, empezando por la de Poltava en 1709, se libraron en suelo ucraniano. La flota rusa del Mar Negro -con la que Rusia proyecta su poderío en el Mediterráneo- tiene su base en Sevastopol, Crimea. Hasta disidentes muy renombrados como Aleksandr Solzhenitsyn y Joseph Brodsky insistían que Ucrania era parte integrante de la historia rusa y de Rusia, de hecho.

La Unión Europea debe reconocer que su demora burocrática y subordinación del elemento estratégico a la política interna al negociar la relación de Ucrania con Europa contribuyó a convertir una negociación en una crisis. La política exterior es el arte de establecer prioridades.

Los ucranianos son el elemento decisivo. Viven en un país con una compleja historia y una composición políglota. La parte occidental fue incorporada a la Unión Soviética en 1939, cuando Stalin y Hitler se dividieron el botín. Crimea, con una población que es rusa en un 60%, se volvió parte de Ucrania en 1954, cuando Nikita Kruschev la entregó como parte del festejo de los 300 años de un acuerdo ruso con los cosacos. La parte occidental es mayormente católica. La parte oriental rusa ortodoxa en su mayoría. El oeste habla ucraniano. El este, ruso mayormente. Cualquier intento de una parte de Ucrania para dominar a la otra -como ha sido la norma- conduciría a la larga a una guerra civil o fragmentación. Tratar a Ucrania como parte de una confrontación Este-Oeste hará desaparecer por décadas toda perspectiva para unir a Rusia y Occidente -Rusia y Europa en especial- en un sistema internacional de cooperación.

Ucrania es independiente desde hace nada más que 23 años. Y desde el siglo XIV ha estado bajo algún tipo de dominio extranjero. No sorprende entonces que sus dirigentes no hayan aprendido el arte del compromiso, y mucho menos de la perspectiva histórica. La política de la Ucrania post independencia demuestra claramente que la raíz del problema radica en los esfuerzos de los políticos ucranianos para imponer su voluntad en partes reacias del país, primero por parte de una facción, después por otra. Esa es la esencia del conflicto entre Viktor Yanukovich y su principal rival política, Julia Timoshenko. Representan a las dos alas de Ucrania y no quisieron compartir el poder. Una política norteamericana inteligente hacia Ucrania buscaría una forma para que los dos sectores del país cooperen entre sí. Debiéramos buscar la reconciliación, no el dominio de una facción.

Rusia y Occidente, y mucho menos las distintas facciones de Ucrania, no actuaron según este principio. Cada uno empeoró la situación. Rusia no estaría en condiciones de imponer una solución militar sin aislarse, en un momento en que muchas de sus fronteras ya son frágiles.

Para Occidente, la demonización de Vladimir Putin no es una política. Es una coartada a falta de una.

Putin debiera darse cuenta de que al margen de sus reclamos, una política de imposiciones militares generaría otra Guerra Fría. Por su parte, Estados Unidos necesita evitar tratar a Rusia como un pervertido al que se le deben enseñar pacientemente reglas de conducta creadas por Washington. Putin es un estratega serio -sobre las premisas de la historia rusa-. La comprensión de la psicología y valores norteamericanos no es su fuerte. Como tampoco lo fue la comprensión de la psicología e historia rusa para los políticos estadounidenses.

Los líderes de todas las partes debieran volver a examinar los resultados y no competir con poses. La que sigue es mi idea sobre un resultado compatible con los valores e intereses de seguridad de todas las partes: (1) Ucrania debiera tener derecho a elegir libremente sus asociaciones políticas y económicas, con Europa inclusive.

(2) Ucrania debiera sumarse a la OTAN, una postura que asumí hace siete años, cuando surgió por última vez.

(3) Ucrania debiera ser libre para crear cualquier gobierno que sea compatible con la voluntad de su pueblo. Los dirigentes ucranianos más sabios optarán luego por una política de reconciliación entre las distintas partes de su país. A nivel internacional debieran perseguir una postura comparable a la de Finlandia. No deja duda sobre su virulenta independencia y coopera con Occidente en la mayoría de los campos aunque evita cuidadosamente la hostilidad institucional hacia Rusia.

(4) Que Rusia anexe a Crimea es incompatible con las reglas del orden mundial existente. Pero debiera ser posible ubicar a la relación de Crimea con Ucrania en un nivel menos tenso. Para ese fin, Rusia debe reconocer la soberanía de Ucrania sobre Crimea. Ucrania debería reforzar la autonomía de Crimea en elecciones celebradas en presencia de observadores internacionales. El proceso debe incluir la eliminación de toda ambigüedad sobre el status de la flota del Mar Negro en Sevastopol.

Todos estos son principios, no recetas. La gente familiarizada con la región sabrá que no todos serán aceptables a todas las partes. La prueba no es una satisfacción absoluta sino una insatisfacción equilibrada. Si no se lograra una solución basada en estos u otros elementos comparables, el rumbo hacia la confrontación se acelerará. Ese momento tendrá lugar dentro de bastante poco.

Fuente: clarin.com

Compartir en las redes sociales:

Comentarios - 0