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Dos historias para conocer La Salada: la extraña muerte de su fundador y la primera coima de Jorge Castillo

22 de junio de 2017 12:21
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El periodista Nacho Girón repasó en su libro historias increíbles que explican un fenómeno que se construyó en tiempo récord y trascendió los límites geográficos

Las ferias de La Salada se convirtieron en apenas 20 años en uno de los mayores sucesos comerciales de la historia argentina y en un insoslayable fenómeno social con implicancias políticas. Jorge Castillo, el "rey" sin corona que cayó ayer en su lujosa mansión de Luján, es protagonista de muchas de las historias que explican este fenómeno.

El periodista Nacho Girón realizó una investigación profunda que se plasmó en su libro La Salada, Radiografía de la feria más polémica de Latinoamérica. Sus páginas se adentran en los pasillos y las trastiendas del famoso mercado popular que por momentos parece un culebrón con su saga de traiciones interminables, habilitaciones municipales modificadas con corrector líquido y disputas territoriales resueltas a los tiros.

En esta nota, un resumen de dos capítulos que sirven para graficar cómo se construyó el millonario botín con el que los investigadores se encontraron en las oficinas y en la casa de Castillo. El primero gira en torno a la extraña muerte de Gonzalo Rojas, uno de los fundadores del predio. El segundo repasa cómo consiguió Castillo la habilitación municipal para que su feria funcionara todos los días pese al rechazo de los otros dos grandes jugadores con los cuales se repartió el poder en la gigantesca feria.

Cuando René Gonzalo Rojas Paz sintió los cordones cerrándose de manera infalible alrededor del cuello que alguna vez había sido robusto, hubo un profundo alivio y un profundo dolor. Dolor, porque el boliviano pionero y líder natural, fundador de las ferias que se instalaron en la zona conocida como La Salada, moría de la manera menos esperada: ahorcado en una celda individual minúscula en el corazón de la cárcel de Ezeiza. Alivio, porque los tormentos que venía sufriendo en las últimas semanas habían superado el límite de la crueldad: además de las denuncias por golpes, reducción a servidumbre, quemaduras, consumo forzado de distinta clase de pastillas y hasta intentos de violación, se sumaba el hecho de que su psiquis se había partido en varios pedazos.

Aquel día de primavera también hubo dudas sobre los extraños detalles del deceso del comerciante, muchos de los cuales todavía permanecen ocultos. El tiempo solo generó que el caso se convirtiera en un verdadero misterio. Y dio rienda suelta a las hipótesis más descabelladas.

El agente gritó el apellido "Rojas" son mirar la pequeña puerta con visor transparente. Repitió el llamado, pero no obtuvo respuesta. Entonces, entró. El administrador de Urkupiña estaba sentado en el suelo, con las piernas estiradas, la espalda apoyada sobre la pared lateral derecha y la cabeza caída hacia adelante. De la parte inferior de una repisa empotrada nacía el nudo de dos cordones de tela blanca que terminaban en el cogote del detenido. Gonzalo ya no respiraba.

La atención de los peritos se focalizó sobre la estantería doble y su respectivo barral metálico, ubicados del lado derecho. Era el rincón donde se había colgado el vendedor de La Salada, aunque el verbo "colgar" no hace honor a la extraña manera con la que enfrentó la Ley de Gravedad: Gonzalo Rojas medía 1,80 metro, 60 centímetros más que el lugar donde eligió quitarse la vida.

La desconfianza en torno a la muerte de Gonzalo Rojas aumentaron con el correr de los minutos. No era para menos: el comerciante boliviano era el quinto interno del penal de Ezeiza que se suicidaba en ese 2001. Un importante funcionario actual del Complejo admite que hubo casos similares hasta 2003, cuando relevaron a 5 jefes penitenciarios.

Cuando Jorge Castillo y Antonio Corrillo inauguraron el paseo de compras Punta Mogote, quisieron cambiar enseguida el orden establecido de esa zona que pujaba para dar el salto definitivo hacia la masividad. No fueron pocos los que dieron por sentado que se venía una batalla enorme. Y tuvieron razón.

La llegada de un tercer jugador al mundo de las ferias de Lomas de Zamora generaba por sí sola un clima de desconfianza y recelo en las cúpulas administrativas de la competencia.

Durante algunos días se respiró tensión, como si alguien estuviera jugando con un fósforo en un galpón repleto de pólvora. Pero el conflicto que encendió de manera definitiva la mecha entre los tres mercados informales fue el reparto de los días de funcionamiento. El arreglo no escrito siempre había sido que Urkupiña abría los lunes y Ocean los jueves. Los cabecillas de Punta Mogote decidieron operar en ambas jornadas.

– Lo mato, lo mato… ¡lo mato! – repitió hasta el hartazgo Enrique Antequera, que junto a Gonzalo Rojas estaba al frente de Urkupiña.

Los dos históricos fundadores de La Salada se enojaron más que nadie. Por eso, fueron a buscar a Jorge Castillo dispuestos a hacerlo cambiar de opinión. No hubo caso.

– ¡No podés hacer eso! ¡No vas a trabajar los dos días! ¿Quién te pensás que sos, cabezón? – gritó Quique, descolocado.

– Si es necesario les traigo a la Policía, los inspectores, el Ejército, la Marina… – desafió el de Mogote.

Fuente: infobae.com

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