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El jefe de sicarios de Escobar a 22 años de su muerte: “Soy el criminal más grande de Colombia”

2 de diciembre de 2015 18:46
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El jefe de sicarios de Escobar a 22 años de su muerte: “Soy el criminal más grande de Colombia”

Esta semana se cumplen 66 años del nacimiento y 22 de la muerte de Pablo Emilio Escobar Gaviria, según la DEA, el mayor criminal de la historia. En una entrevista exclusiva con minutouno.com, Jhon Jairo Velázquez, alias “Popeye”, ex jefe de sicarios del cartel de Medellín y uno de sus hombres de confianza, habla de sus días junto al capo narco más grande que tuvo Colombia.

“No dejó gobernar a tres presidentes. Transformó el lenguaje, la cultura, la fisonomía y la economía de Medellín y del país. Antes de Pablo Escobar, los colombianos desconocían la palabra sicario. Antes de Pablo Escobar, Medellín era considerada un paraíso. Antes de Pablo Escobar, el mundo conocía a Colombia como la Tierra del Café. Y antes de Pablo Escobar, nadie pensaba que en Colombia pudiera explotar una bomba en un supermercado o en un avión en vuelo. Por cuenta de Pablo Escobar hay carros blindados en Colombia y las necesidades de seguridad modificaron la arquitectura. Por cuenta de él se cambió el sistema judicial, se replanteó la política penitenciaria y hasta el diseño de las prisiones, y se transformaron las Fuerzas Armadas. Pablo Escobar descubrió, más que ningún antecesor, que la muerte puede ser el mayor instrumento de poder”.

Se llama Jhon Jairo Velázquez, alias Popeye, y aunque ya era conocido como parte importante del Cartel de Medellín, su historia se hizo masiva tras el éxito de series como “El Patrón del Mal” o “Narcos”. Dice que asesinó a más de 250 personas, que coordinó la muerte de otras 3000 y que mató a su propia novia por pedido de Pablo Escobar. El año pasado quedó en libertad tras 22 años de prisión y mientras hablamos, asegura que estamos siendo escuchados por agentes de la Policía Nacional.

“La diferencia mía con otros sicarios era la disciplina, clave de toda profesión”

Parece sacado de una película, de alguno de los guiones de las series en las que aparece y en cada anécdota, en cada diálogo, sabe poner los silencios, el ritmo y el tono justos para meternos en su historia. Por un momento parece que estamos hablando con el personaje, con el Popeye que vimos en mil escenas cumplir lo peores encargos de Escobar, pero a diferencia de los que lo interpretan, el que está del otro lado del teléfono sí mató a todas esas personas.

Popeye, como Escobar, carga con la contradicción. Por eso cuando uno lo escucha le parece estar hablando con un Dr.Jekyll & Mr.Hyde moderno, latino, paisa. Dos personalidades que compiten por conquistar el mismo cuerpo, al mismo hombre, que con la misma vehemencia con la que endiosa “al patrón”, sostiene que no es un ejemplo a seguir. Admite sus pecados, al tiempo que está embarcado en la producción de una serie televisiva sobre su vida en Medellín, una película con su historia y tiene publicado un libro sobre sus guerras en la cárcel. “Es que yo tengo que buscar la forma de llevar el pan a mi mesa sin sangre”, dice al pasar, y en la frase se rastrea la respuesta a la contradicción.

“Los hombres nacemos buenos, así como usted o como yo, pero a uno lo marca el entorno”, dice convencido Popeye, que a pesar de que sus palabras suenen a Contrato Social, no se crió entre delincuentes. Nació en Yarumal, Antioquia, en el campo, en el seno de una familia de clase media alta, su papá era ganadero y nunca le faltó nada.

Sin embargo a los 11 años comenzó a transportar marihuana en bicicleta de un pueblo a otro, poco después cargaba también cocaína, hacía vigilancia para criminales de Itagüi colaborando así con asesinatos, y a los 14 había conseguido un arma que le alquilaba a diferentes bandidos.

Sin embargo, desde mucho antes, descubrió que tenía una relación especial con la violencia: “Yo vivía en Itagüí siendo muy niño y mi padre nos llevaba a una heladería cuando hacíamos algo bueno. Un día allí hubo una pelea a machete, porque en esa época se usaban las armas blancas, en donde un tipo hiere a otro en la calle. El tipo iba retrocediendo y retrocediendo, y cae en el piso justo enfrente nuestro, en la heladería, y ahí nomás lo pisan a machete. Y yo me quedo ahí y me doy cuenta de que la sangre no me asusta, y me gusta el color, y me gusta verla brotar”.

Como parte de ese desdoblamiento constante de su vida, luego de tener contacto con narcotraficantes antes de ser un adolescente, Popeye se metió en la Marina donde recibió no sólo el apodo que todavía lo acompaña, sino también preparación en combate, entrenamiento que continuó en la Policía Nacional, de la que se iría para dedicarse de lleno a ser un asesino profesional.

La primera vez que Jhon Jairo vio a Pablo Escobar, era un chico. Él se dirigía al colegio en Itagüi cuando pasó frente a sus ojos una Lambretta, que sin detener la marcha le arrebató de las manos a un empleado de seguridad de un supermercado toda la recaudación del lugar. El custodio, que en ese momento se dirigía como ya lo había hecho tantas otras veces a depositar la plata en un banco que estaba enfrente, reaccionó disparando contra los ladrones que huían en la moto italiana. Hirió a uno, pero se terminaron escapando. Años más tarde Popeye descubriría que uno de ellos era Pablo.

Pero fue siendo chofer y guardaespaldas de una reina de belleza de Colombia, Elsy Sofía, que además era amante de Pablo Escobar, que el capo narco más grande que tuvo Colombia y él se conocieron. Un día Popeye fue a la caleta sin la chica y ante la sorpresa de Escobar al verlo ahí, le dijo que quería trabajar para él, y que tenía ahora dos alternativas: matarlo o darle el empleo.

“En Medellín hubo casi 3000 sicarios que quisieron matar parar Pablo Escobar, no importaba por qué. Él lo miraba a uno a los ojos y era una energía poderosísima, era un líder nato. Era un hombre que si tenía que pagar 100 mil dólares por un asesinato se los pagaba en el acto, no mañana por la tarde, no le entregaba un carro, ni un departamento, entregaba el dinero en efectivo”, cuenta Popeye.

“La diferencia mía con otros sicarios era la disciplina, la disciplina es la clave de toda profesión y más en una profesión como esta de trabajar con Pablo Escobar y ser el asesino de confianza de él”, deja saber Popeye y agrega que esa disciplina se la debe a sus días en la Marina.

“A la marina y a la Policía les debo la disciplina. Porque un bandido para poder salir adelante tiene que tener disciplina. Nunca he fumado ni siquiera un cigarrillo, no soy drogadicto, no tomo ni café, solamente mi café con leche en la mañana. Lo de las armas y la malicia lo aprendí en la calle. Aprendí a parquear en una esquina sin que me vieran las autoridades o que los vecinos llamaran a la policía, aprendí a moverme, a mimetizarme (…). Todo esto me llevó poco a poco a ir convirtiéndome en un gran criminal”, relata como describiendo a su propio personaje.

“Yo era un hombre que no pensaba en fiesta, yo no pensaba en novia, yo no pensaba en cumpleaños, porque un bandido completo no piensa en Navidad, Día del Padre, Día de la Madre, piensa nada más en lo que está haciendo. Es como una religión”, cuenta, y mientras habla a uno no le quedan dudas de quién era su Dios.

“Pablo Escobar era uno adentro y afuera, igualitico. Él no mostraba sus emociones, él era sereno. Pablo Emilio Escobar Gaviria es el único hombre en mi vida, y tengo 53 años de edad, y llevo más o menos 42 años en la calle, la delincuencia, la mafia y el bandidaje, es el único hombre al que nunca le he visto el miedo en los ojos, inclusive acorralado por 5 mil o 10 mil policías, por el ejército apunto de fusilarlo”, describe.

Cuando lo dice cuesta pensarlo arrepentido, o creerle cuando dice que “Pablo Escobar no debería ser el ejemplo, el ejemplo debería ser alguien como Messi”. Cuando uno se le menciona, él piensa un momento y después responde: “Pablo Emilio EscoBar Gaviria era un asesino, un terrorista, un narcotraficante, un secuestrador; pero era mi amigo”.

“Él era un padre para nosotros, siempre nos pagó todos nuestros trabajos nos dio dinero demás, nos dio cariño y nos dio respeto. Yo realmente por respeto al alma de Pablo Escobar no le haría ningún reproche, solamente una crítica constructiva: que la guerra fue inútil”, admite.

Pero también admite que “hubo mucha gente que detectamos que intentó traicionarlo. Él tenía un décimo sentido, ni siquiera un sexto, un décimo sentido y él tenía un detector de mentiras en los ojos. Una vez entré a una caleta con él, y estaba a una señora con el esposo y los niños, el patrón entró, saludó a la señora, los miró a los ojos y la señora le agachó la mirada. Saludó al marido, lo miró a los ojos y me dijo ‘vámonos de aquí porque la cosa está rara’, y efectivamente estaban torcidos”.

“Pablo Emilio Escobar Gaviria tenía una sola debilidad, una sola, ni siquiera cuando le volaban edificios y perdía 50 millones de dólares, o diamantes, o un Dalí, o un Miró. La debilidad de Pablo Emilio Escobar Gaviria, era su familia”, asegura su ex jefe de sicarios y recuerda una escena: “Yo recuerdo un día cuando estábamos en guerra con los Pepes que le volaron un edificio y dañaron un cuadro de 75 millones de dólares, un Dalí. Y llegó preocupada la esposa y el patrón le dijo ‘Usted no se preocupe que el mayor Dalí que usted tiene son Mariela y Juan Pablo’, sus dos hijos”.

Pero la contradicción aparece en la forma de otra anécdota, donde pareciera que a pesar de que su familia era su gran debilidad, también tenía claro que inclusive el que ellos sufrieran algún tipo de consecuencia, podía ser el precio a pagar por sus guerras: “Un día llegó un familiar del patrón del que me reservo el nombre y le dijo: ‘Oiga Pablo, eso de las bombas es una locura’ -El Cartel de Medellín hizo volar una empresa de agua, un coche bomba, un hotel, y un avión en vuelo entre 1983 y 1993-, imagínese que a usted le maten con una bomba de esas. Y él lo miró a los ojos muy tranquilamente y le dijo ‘Yo estoy en una guerra contra la extradición de colombianos a los Estados Unidos de norteamerica, si a mí me capturan me pudro en un calabozo, entre cuatro paredes, más pequeñito que un apartamento de clase media baja aquí, si mi mamá pasa y la matan con una bomba mía, todos esos son efectos colaterales de la guerra'”.

La pregunta sobre quien podría ser para muchos ser el Pablo Escobar de estos tiempos, el narco mexicano “Chapo” Guzmán, es tan inevitable, como tajante la respuesta de Popeye: “Mi respeto con el señor ‘Chapo’ Guzmán, pero no se le puede parecer en nada a Pablo Emilio Escobar Gaviria”, dispara.

“Pablo Emilio Escobar Gaviria fue el asesino civil más grande del siglo XX. Pablo Emilio Escobar Gaviria enfrentó a un estado, mató candidatos a la presidencia de la república, mató magistrados, mató 540 policías en las calles de Medellín e hirió a 800, mató periodistas, dinamitó un avión en pleno vuelo y pagó al M19 la toma del Palacio de Justicia”, dice y remata: “Ahora todo el mundo está hablando de ‘El Chapo’, pero esa figura hay que demontarla”.

Y se anima también a hablar de él, de su pasado y de un presente que indefectiblemente sigue atado al Cartel de Medellín, al mismo Pablo Escobar y a sus historias. “Yo hoy estoy hablando de una película, de una serie, de un libro, y no estoy hablando de ser el bandido más grande de la república de Colombia, porque tengo toda la experiencia para irme a las montañas, agarrar un fusil, y hay mucha gente que me seguiría, e iniciar una guerra contra lo que yo quisiera, y la sociedad colombiana tener un Pablo Escobar otra vez en las montañas, pero no quiero eso”, explica.

“Yo tengo toda la experiencia del mundo, yo estuve con Pablo Escobar Gaviria al lado y fui general de sus ejércitos. Tengo experiencia de 23 años de cárcel, en las peores cárceles de la república de Colombia, vengo de guerras brutales dentro de prisión, y tengo 53 años de edad, y gracias a Dios ahora que estoy hablando con usted tengo buena salud. Yo podría ser el nuevo Pablo Escobar, pero no lo quiero hacer” y que todo lo que busca hoy es que su esposa y su hijo estén orgullosos de él.

Popeye cumplió desde 1992 una condena de cárcel bajo acusaciones de terrorismo, narcotráfico, terrorismo y homicidio. El 26 de agosto de 2014 logró cumplir lo que le queda fuera de prisión, tras un acuerdo para declarar y probar la implicación de autoridades del sistema carcelario colombiano.

“Yo soy un hombre práctico, yo soy un hombre que creo en Dios, yo soy un hombre que cree en lo físico. En el momento que muere Pablo Emilio Escobar Gaviria, que su tumba es tapada por tierra, en ese momento yo quedo en libertad para esclarecer los crímenes”, argumenta e inclusive asegura que confesó sus crímenes para ayudar a la familia de Escobar: “En esa época estaba acorralada esa pobre familia, y nos dijeron que si confesábamos les daban los papeles a ellos para salir del país”.

Sin embargo no a todos les cayó bien la noticia de que había hablado: “Muchas personas me lo han recriminado, inclusive miembros del Cartel de Medellín están haciendo alianzas para matarme, también está la DEA, está la CIA”, pero sostiene que bajo ningún concepto piensa abandonar Medellín. “También tengo muchos amigos que son bandidos retirados, y yo tampoco soy facilito”, advierte.

Popeye vive en Medellín, es un hombre público, y dice que no se priva de ir a ningún lugar al que lo inviten. Y a pesar de la energía que transmite involuntariamente cuando habla de los días junto a Pablo Escobar, hoy sus botines más grandes pasan por otros lados: “He aprendido que la felicidad no está en un avión, en una casa con piscina, en una reina de belleza, en un diamante, en un viaje, está en las cosas pequeñas. Para mí en este momento ir al supermercado, para mí poder tener una nevera en mi apartamento es un placer porque en la prisión no hay nada helado, el mero hecho de poder prender y apagar la luz, porque en la prisión las apagan a las 7 de la tarde y las prenden a las 6 de la mañana, y la libertad. Yo mantengo las llaves de la puerta en el bolsillo, yo estoy en libertad”.

Fuente: misionesonline.net

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