La corrupción, drama congénito de un sistema político sin mayorías

16 de marzo de 2015 03:33

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La corrupción, drama congénito de un sistema político sin mayorías

Si la política tiene alguna ley, ella es, sin duda, que las mayorías sociales pueden tolerar un cierto estado de corrupción mientras la economía va viento en popa; no es éste el caso del Brasil de hoy. Así, la conjunción de un escándalo de corrupción de enormes proporciones en Petrobras parece llevarse muy mal con la decisión de Dilma Rousseff de aplicarle un ajuste fuerte a la economía y con una devaluación muy fuerte del real.

Su segunda gestión, que empezó el 1 de enero, ayer nomás, y tiene aún casi cuatro años completos por delante, nació débil: el Partido de los Trabajadores corrió serio peligro de perder el poder tras doce años y sólo pudo aferrarse a él por un ínfimo margen de tres puntos porcentuales.

El "Petrolão", en rigor, es un drama que se ha encarnizado con Dilma desde el final de su primer mandato, pero que recrudeció recientemente con el avance de las investigaciones sin darle la más mínima luna de miel. La presidenta no tiene para alegar en su defensa nada mejor que la impericia o la negligencia, dado su carácter de miembro del Consejo de Administración de la petrolera controlada por el Estado: entre 2003 y 2005, como ministra de Minas y Energía; desde entonces y hasta 2010 como jefa de Gabinete. Un largo tramo de ese período la encontró en la cima de la conducción.

La gente se indigna con la corrupción, con toda razón, pero los análisis suelen detenerse poco en algo todavía peor que su existencia y recurrencia: su carácter estructural en la política brasileña.

El "Mensalão" de 2005 tuvo a Luiz Inácio Lula da Silva tan contra las cuerdas como el "Petrolão" ahora a Dilma. El primero, siempre más fuerte que su sucesora, logró sobrevivir; lo de ella aún está por verse. Cacofonías aparte, ambos esquemas tienen numerosos rasgos en común: la gran cantidad de funcionarios implicados, sobre todo en el Congreso; el abuso de cajas políticas para la compra de mayorías parlamentarias; y el carácter pautado de las coimas. Todas esas características aluden a un tipo de corrupción que es congénito al presidencialismo de coalición que rige en Brasil, que supone el pago de coimas regulares a políticos clave como forma de "comprar" llave en mano mayorías parlamentarias contra natura que en ese país jamás surgen de las urnas.

El PT ha sido el eje de esos dos esquemas y le cabrá en el futuro un costo político más elevado que el que puede entreverse hoy. Sin embargo, de ninguna manera es el único villano de la corrupción en Brasil, y el propio escándalo de Petrobras tiene entre sus investigados a Antonio Anastasia, senador opositor, exgobernador de Minas Gerais y mano derecha del rival de Dilma en los últimos comicios, Aécio Neves.

Ésta es una omisión llamativa de los comentarios que se escuchan y se leen en estos días. Otra es la de quienes ensalzaban a Rousseff en el comienzo de su primer mandato por echar in limine a los ministros que eran acusados de corrupción, sin que se reparara en que la presidenta se deshacía de los sospechados pero encargaba sus reemplazos a los mismos partidos a los que aquéllos pertenecían. Un gatopardismo claro que mantenía la estructura del intercambio espurio de apoyos por ventajas políticas y económicas.

¿Habrá juicio político finalmente? Muchos, casi todos los que ayer colapsaron las calles de Brasil, lo reclamaron. Sin embargo, no parece haber por el momento ni mayorías suficientes para eso en el Congreso ni clima social. La mandataria retiene el apoyo incondicional del 25% de la población, que se expresó el viernes en las calles en menor medida que ayer pero de modo no desdeñable. En tanto, las posiciones al respecto distan de ser unánimes en el 75% restante, un poco por la falta de pruebas concretas en su contra y otro poco por el temor al inicio de una crisis política como la de 1992, con la eyección de Fernando Collor de Mello.

Fuente: ambito.com

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