Hable con ella (la casa de Google)

26 de noviembre de 2013 01:23

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Hable con ella (la casa de Google)

La pantalla táctil para los móviles convirtió al iPhone en el símbolo indiscutible de toda una nueva generación de teléfonos. Tanto, que hasta los bebés acercan sus dedos a cualquier dispositivo electrónico que cae en sus manos. Ahora, los avances en las tecnologías de reconocimiento de voz, unidos a la creciente «inteligencia» y capacidad predictiva de las herramientas de búsqueda, hacen cada vez más innecesario el contacto físico con los teléfonos, tabletas y dispositivos que acompañan -nos guste o no- la mayor parte de las actividades de nuestro día a día.

Y sepulta en el pasado la sensación de estar hablando con HAL 9000 –la computadora de a bordo protagonista de la película de «2001 Una odisea del espacio»– que provocaban la mayoría de los sistemas de reconocimiento vocal. Si preguntas a Google Search qué tiempo hará el sábado en Ávila, puedes preguntar acto seguido cuánto se tarda en llegar allí, sin especificar de nuevo el destino, como haríamos en una conversación entre personas.

«La búsqueda por voz va evolucionando poco a poco desde la búsqueda tradicional pura, donde su único rol es convertir voz en texto y luego lanzar una búsqueda con el buscador, a una experiencia más interactiva en la que gestionamos un diálogo, con idas y venidas entre el usuario y Google», explica Pedro Moreno, investigador de reconocimiento de voz en Google. «Para lograrlo trabajamos con reconocimiento de voz, procesamiento de lenguaje natural y conversión de texto en voz», añade.

La nueva herramienta de búsqueda incorpora una capacidad inédita de contextualizar las conversaciones con el usuario gracias a Knowledge Graph, el ambicioso proyecto de Google de construir –mediante un algoritmo complementario al del motor de búsqueda– el matrix que conecta nuestras vidas con las vidas de los demás, con las cosas y los lugares. Y si se añade la herramienta de asistente personal Google Now, incorporamos un notable potencial de anticipación a la jugada.

Así lo explicaba recientemente Carlos Domingo, consejero delegado de Telefónica I+D, en Twitter: «Me he enterado por una alerta de Google Now que han retrasado el vuelo en el que estoy sentado antes de que lo anuncien en el avión, asusta pero muy útil». La llamada búsqueda predictiva refleja el empeño de la compañía de Mountain View –utopismo tecnológico para algunos, monopolio orwelliano para otros– de adivinar las necesidades del usuario antes de que este las formule.

Si has comprado un billete de avión, el día del vuelo Google Now te ofrece información climatológica y de horarios. Si has reservado habitación en un hotel, te dirá cómo llegar nada más aterrizar. Antes de que le preguntes. Si cada día coges el coche para ir a trabajar, te dará el parte de tráfico de la mañana en tu pantalla, o cuando pasará el próximo autobús en la parada. «Intentamos dar al usuario lo que necesita lo más rápidamente posible», explicaba un ingeniero de la empresa californiana durante una reciente demostración en Londres.

Si se añaden otras funcionalidades de Google, y de otras companías rivales, como las herramientas de conversión de moneda, de traducción de idiomas, o de edición de foto y vídeo –Google lanzó el mes pasado una nueva versión de Auto Awesome, con aplicaciones interesantes como la copia automática en la nube, la exclusión automática de fotos malas y los retoques automáticos para mejorarlas–, no extraña tanto que la vida en común, en el metro, en el autobús, en las calles, o en el ascensor, se haya convertido en una suma inconexa de monólogos digitales.

La llegada al mercado de la versión comercial de la Google Glass, anunciada este mes para el año que viene, supondrá un nuevo salto hacia la interacción mediante voz entre el ser humano y los dispositivos electrónicos que le acompañan. Entre las novedades incluidas en la segunda versión de las gafas, probadas por este corresponsal, se incluye la posibilidadde preguntar mediante comandos de voz, por ejemplo, «cómo llegar a casa», lo que activa la proyección en la gafa de sugerencias de ruta desde el navegador.

A las gafas de Google se les llama por su nombre y, por ahora, en inglés. El comando que activa el dispositivo es un contundente «OK, glass», seguido de instrucción deseada. Las gafas permitirán consultar tu calendario personal o publicar fotos y vídeos en Twitter y Facebook. Y, quizás, como explicaba un ingeniero en la «Google House», ayudarán a los sordos a mejorar su autonomía puesto que las gafas reciben el sonido transmitido por los huesos, sorteando el oído.

¿A dónde conduce todo esto? Según coinciden los expertos, los siguientes entornos conectados serán el coche y las casas, donde los gigantes del sector intentan que podamos llevar la navegación digital sin cortes ni interrupciones de un dispositivo –el móvil, la tableta, el portátil– al otro –el salpicadero del coche o la nevera de la cocina–.

La proliferación de pantallas en los hogares ha llegado a producir un sálvese quien pueda en muchas familias, dispersando y atomizando el consumo de ocio audiovisual. Los niños en la consola, papá en el portátil y mamá en el iPad. Y todos contentos. Un panorama que introduce en muchas familias la nostalgia de la «Gran Familia» de Alberto Closas, Chencho incluido, apiñada en sillas de cocina para ver la tele del vecino.

Pero no todo está perdido para la vida comunitaria o familiar en la era de la tecnología. El lanzamiento de tecnologías como Chromecast puede ahora volver a conectar esas experiencias, aseguran desde Google. El dispositivo, disponible por ahora solo en EE.UU. por unos 35 dólares, permite visualizar –sin cables– en la pantalla de cualquier televisión inteligente (con conexión a Intertnet) el contenido audiovisual que cualquiera pueda estar viendo en su móvil, o en cualquier otro dispositivo. Otras compañías, especialmente Apple, compiten con sus propias tecnologías en el sector de la televisión conectada.

Se podrán ver, y compartir, vídeos de Youtube, contenidos de Netflix, películas y series adquiridas en Google Play o en el Apple Store, o material doméstico. «Permite unificar la experiencia de todos los miembros de la casa, y compartir lo que cada uno ve en su teléfono, ordenador o tableta», explicaba a ABC un miembro de Google en la llamada «Casa Google», una jornada itinerante de demostraciones de la empresa con sede en Mountain View (California) celebrada recientemente en Londres, París y Hamburgo.

La extensión de las televisiones conectadas y la convergencia entre Internet y televisión está a punto de transformar a escala masiva la experiencia audiovisual doméstica. Algunos estudios indican que en 2017 un tercio de los hogares contará con una tele con Internet en casa. «Los datos apuntan a que el mercado de películas y series vía Internet tuvo un tamaño en Europa de 364 millones de euros en 2011, lo que representó un pequeño aún 3,8% sobre el total del mercado audiovisual, pero creciendo casi un 42% respecto a 2010», explica en su blog Iñigo Kortabitarte, director de Innovación del Grupo Diario Vasco Multimedia.

Este salto tecnológico rompe, como en tantos otros ámbitos, el monopolio en los contenidos de las grandes cadenas, y que una suculenta vía de entrada al mayor repositorio de material audiovisual del mundo, Youtube, propiedad de Google. Cada minuto se suben 100 hora de vídeo a Youtube, donde cada mes hay 1.000 millones de personas viendo 6.000 millones de horas de contenidos. Casi una hora de video por cada habitante del planeta.

Un ecosistema que ha pasado, desde que Google pagara por ella 1.650 millones de dólares en 2006, de ser un escaparate de exhibicionismo y «freakismo» a ser el entorno en el que la llamada generación del milenio arranca sus búsquedas, escucha música y consume cine, series y programación televisiva a demanda –donde y cuando yo quiero–, ya sean contenidos de fabricación casera o subidos a sus canales en Youtube por las grandes cadenas.

Una generación en la que el 76% de los españoles de 18 a 30 años tiene un smartphone, y un 40% asegura no poder vivir sin él, según un estudio reciente. Pasan de media seis horas conectados a Internet, y para ellos no hay diferencia entre la web y la tele. Internet es su televisión.

Estos «youtubers» abastecen de contenidos cada vez más profesionales y demandados a la red social audiovisual por excelencia. El canal de SortedFood, con medio millón de suscriptores, es el canal de cocina en Youtube más visto en Europa. Fue creado hace casi 4 años por cuatro jóvenes británicos de 26 años, que forman parte de los miles de «partners» de Youtube.

Al igual que la BBC o Telecinco, firman un acuerdo de colaboración con el que autorizan a Google a insertar publicidad a cambio de compartir los ingresos generados. La fórmula de reparto es variable, y confidencial. En la cocina de la Google House, los responsables de SortedFood se ponen manos a la obra... y voz a la tableta. Ayudados de una Nexus 7 y un monitor instalado en la pared, lanzan consultas mediante comandos de voz para convertir onzas en gramos o averiguar las ventajas del aceite de oliva frente a la mantequilla para freír.

Para principiantes, de nuevo Youtube dará respuesta con un vídeo-tutorial a preguntas tan elementales como «¿Cómo corto una cebolla?». Youtube sigue siendo el canal preferido de la viralidad (gatos sobre ruedas, bebés bailando etc.). Pero, cada vez más, lo es de la utilidad.

Patry Jordán comenzó hace tres años a grabar tutoriales de peluquería y belleza en el tocador de su casa en Gerona. Tres años después, esta joven de 30 años arrasa con sus talleres de automaquillaje o de reparación de cabello en «Secretos de chicas», donde sus 780.000 suscriptores (suscriptoras) recorren ese terreno digital que va de lo práctico -buscar respuestas a preguntas cotidiana- a lo morboso.

«Quieren ver tus tutoriales, pero quieren ver mucho más: quieren verte por la mañana, quieren ver cómo te arreglas para ir a un evento, yo llegué a hacer un vídeo con la ropa que me puse en mi propio cumpleaños», explica Jordán en los estudios de Youtube en Londres. La convergencia del fenómeno social (Facebook) con las nuevas posibilidades audiovisuales (Youtube) y la telefonía gratuita por internet (Skype, Google Hangouts) han creado una nueva categoría de realidad que abarca voyeurismo y exhibicionismo, consumismo, y la más elemental noción de pertenencia a una comunidad.

Una de las últimas tendencias que lo encarnan serían los llamados «haul videos». Chicas (sobre todo) que llegan a su cuarto con las bolsas del «shopping», se conectan con amigos por Google Hangouts o Skype y van abriendo y probándose la ropa. Explican dónde lo han comprado, enseñan la etiqueta del precio, y lo suben a Youtube. Sin salir de su habitación, pueden seguir viendo tutoriales de cómo lograr la sombra de ojos o dónde salir a comprar los zapatos que faltan. Y todo ello, cada vez más, sin tener que echar mano de un teclado.

Fuente: abc.es

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