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Los mejores sabores del otro lado del Río de la Plata

15 de abril de 2015 16:27
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El río y los atractivos del casco histórico de Colonia del Sacramento

Colonia del Sacramento es pequeña, fácil de recorrer a pie o en bicicleta por la rambla. Es linda, de noche y de día. El aire es mucho más de pueblo que de ciudad y el Río de la Plata aparece soleado o plateado por la luna cuando uno menos lo espera. Por ejemplo, después de atravesar una vieja casona convertida en bistró. Colonia es el empedrado, las playas de arena para caminar, las formas suaves, la luz. Los ranchos portugueses en los que abrieron galerías de arte, museos y bares de cervezas artesanales.

En Colonia está el almacén La Carlota, un local que hace honor a su nombre y en el que se pueden encontrar regaderas, lapiceros, tarritos y palanganas pequeñas de zinc, ropa, libretas y papeles reciclados y objetos de arte. Colonia es el paseo costero San Gabriel y la Plaza Mayor, las calles de nombres raros y lindos, de esos que evocan leyendas improbables, como la de los Suspiros y la de las Flores. Y como en este rincón de Uruguay hay otra respiración y otro andar, lo más probable es que apenas se pise el empedrado, aparezca una suerte de “coloniazo” : una sintonía con otros tiempos, en un sentido bien amplio y, de un modo más banal, la sensación de estar allí desde hace muchos días, ya relajado.

Los atardeceres rojos y los árboles que se vuelcan sobre el río son apenas dos de los momentos que se viven en Colonia, una ciudad que, pese a que podría ir a lo seguro, apuesta al crecimiento. Lo nuevo está, especialmente, en las propuestas gastronómicas. A los clásicos, como El Drugstore y la galería de arte y restaurante de Jorge Páez Vilaró, se suman más lugares donde comer y pasarlo bien, en los que una comida también se mide en ese concepto de otros tiempos. Como la placa que, junto al Portón del Campo, anuncia “Aquí comienza la antigua Colonia del Sacramento, Patrimonio Histórico de la Humanidad de la Unesco, 1995”. A la ciudadela se entra a través del puente levadizo, de madera y, muy cerca, la calle de los Suspiros, una síntesis de la arquitectura portuguesa y española que dejó sus marcas en Colonia, fundada en 1680.

A unos metros, en la calle San Pedro y sobre el Río de la Plata, está el espacio Charco, hotel y restaurante, una puerta blanca con reja y farol de vidrios amarillos, otro clásico que le da a Colonia esa iluminación tenue, especial para recorrerla de noche. Lo primero que llega a la mesa de madera del Charco es una sartén con distintos quesos fundidos, panes tibios, vino de la típica cepa uruguaya Tanat. Después, salmón con un milhojas de papas y, de postre, volcán de chocolate. El hotel tiene sólo siete habitaciones blancas, algunas con vista al río y otras al empedrado. El afuera en Charco, donde se percibe el perfume de la huerta, son sillones y reposeras blancos, mucha madera y una línea de lamparitas que se encienden al atardecer. Un balcón al agua, para tomar un café con un muffin de banana y canela o una cerveza. Este emprendimiento lleva apenas un año en Colonia.

Una visita a una bodega puede ser parte de este circuito gastronómico, porque los vinos uruguayos vienen pisando fuerte. Los Cerros de San Juan es una de ellas, que ofrece una recorrida por los viñedos y sitios de elaboración, que incluye una degustación de los vinos que produce, y una picada o almuerzo. También, desde Mendoza, llegó a Colonia (en Altos de Cufré) la bodega Piccolo-Banfi que elabora, entre otros vinos, el Estigma, una variedad del tannat/petit verdot.

En busca de objetos lindos, de buena música o de arte, sobre el final de la Calle de los Suspiros, en una casa portuguesa de 1720, hay obras (pinturas, esculturas, joyería) de artistas uruguayos. Sólo por la fachada –que por otra parte juega el mismo juego de casi todo el casco histórico de Colonia– vale la pena detenerse a mirar: colores descascarados, uno sobre otro, para terminar en un rosa indefinido.

De todas las variantes que propone la leyenda sobre “los suspiros”, dicen que la más atinada es la que asegura que sobre estas piedras se levantaban los burdeles. Y los suspiros, eran de los clientes. Como sea, la callecita más famosa de Colonia que baja al río vale por una ciudad. Otro buen lugar para ir a curiosear es El Abrazo, una librería, disquería y tienda de arte y diseño, sobre la avenida General Flores, la principal de Colonia.

Para tomar un café y hacer un alto contemplativo –más río y más verde– está Lentas Maravillas, en la calle Santa Rita, que es prácticamente un living con biblioteca, y Ganache, un café y pastelería, sobre la calle Real.

Churana (que en quechua quiere decir “armario” o “arcón”) es otro de los bistró nuevos. Abrió en diciembre del año pasado y su dueña, también argentina, armó un espacio que combina moda, diseño y gastronomía. Se ingresa por la boutique (ropa, mantas y chales artesanales) y, como en otras casas, un patio-jardín con escalones lleva casi hasta la orilla del río. En Churana se cena al aire libre incluso en otoño, porque además de poner braseros, “prestan” unas preciosas mantas de lana para envolverse. Para elegir, salmón chileno y tomates quemados, cordero con una cocción de doce horas y, de postre, cremoso de chocolate, naranja confitada sobre requesón alimonado. Todo es natural, todo es rico y contundente.

Siempre se vuelve a Colonia. Hay algo fuerte y muy nuestro allí, como el agua, la luz y el aire.

Fuente: sinmordaza.com

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