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Negociar fue una cuestión de supervivencia para el régimen de Teherán

1 de abril de 2015 03:09
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Negociar fue una cuestión de supervivencia para el régimen de Teherán

Un acuerdo nuclear con las grandes potencias sería para Irán no sólo un triunfo diplomático sino, sobre todo, una forma de asegurar su liderazgo regional con la inyección de miles de millones de dólares, que quedarán liberados con el levantamiento de las sanciones, y de fortalecer a un régimen apremiado por el descontento social.

Aunque comúnmente se adjudica el giro moderado y aperturista del Gobierno iraní al carácter del presidente Hasán Rohaní, no puede entenderse ese cambio sin pensar en el agobio que el régimen chiita sufrió en los últimos años y que pudo haber puesto en riesgo al sistema islámico, en momentos de convulsiones regionales.

Tras dos mandatos de Mahmud Ahmadineyad, con una corrupción rampante y una fuerte intervención estatal en los negocios y mercados financieros, la economía iraní recibió un golpe grave en 2012 con las sanciones económicas que impusieron Estados Unidos y la Unión Europea (UE).

En 2013, luego de un año de vigencia de esas disposiciones -que incluyeron el congelamiento de cuentas bancarias en el exterior, la prohibición de empresas estadounidenses y europeas de hacer negocios en Irán y un embargo petrolero-, el Producto Bruto Interno (PBI) iraní cayó por primera vez desde 1995 con una tasa negativa del 5%, la inflación se disparó por encima del 70% anual y el desempleo superó el 26%, siendo aún más elevado entre los jóvenes, un problema mayúsculo en un país donde la mitad de la población de 77,45 millones de habitantes tiene menos de 35 años.

La situación prometía, antes del inicio de las conversaciones nucleares a mediados de 2013, precipitar lo que muchos analistas calificaban como un "tsunami de educados sin empleo". Un temor comprensible en un país en el que graduados universitarios suponen la mitad de los desempleados menores de 30 años.

Cuando Rohaní asumió hace dos años, el nuevo Gobierno y el líder supremo, ayatolá Alí Jamenei, tenían en claro que la creación de empleo era una prioridad. No obstante, con un grado de inversión extranjera casi nulo, la venta de petróleo reducida a la mitad de la capacidad diaria de producción (1,3 millón de barriles frente a 2,5 millones anteriores) y activos por 100 mil millones de dólares congelados en cuentas en el exterior, la misión era cuando menos utópica.

Sentarse a negociar con "el Gran Satán", tal es la expresión con la que el régimen iraní se refiere a Estados Unidos, fue una decisión de supervivencia. Un trago amargo que garantizará al régimen, más allá de las ambiciones nucleares, un nuevo período de gracia si las sanciones son levantadas, aun cuando sea de modo gradual.

Un dato es clarificador. El año pasado, tras la flexibilización de las sanciones acordada en el inicio del diálogo nuclear que permitió repatriar en una primera instancia 4.200 millones de dólares, en Irán la inflación se redujo al 17%, la producción de sectores industriales como el automotor subió un 58% y la economía creció un 4%, dejando atrás dos años de recesión. Con un levantamiento total de sanciones, la economía iraní recuperaría un 20%, coinciden analistas occidentales.

La abultada disponibilidad de fondos con los que contará Irán, sumada a las inversiones extranjeras que se esperan a granel -Exxon Mobil y Chevron ya ofertaron por proyectos petroleros y delegaciones de empresarios franceses y alemanes viajaron frecuentemente al país en los últimos meses- no sólo estirará la vida del régimen fronteras hacia adentro. Será además una pieza clave para la consolidación de la influencia regional que Irán ya detenta.

No sólo a nivel diplomático sino también a través de la provisión de armas, entrenamiento y dinero a sus socios, Siria y el grupo libanés Hizbulá. Mientras que juega un papel clave en dos conflictos de desarrollo actual en Medio Oriente como lo son la guerra contra el Estado Islámico (EI) en Irak y el levantamiento de los rebeldes hutíes en Yemen.

Fuente: ambito.com

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