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Los planes de Martín Lousteau, entre la revancha en la Ciudad y la literatura

6 de noviembre de 2016 12:57
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Los planes de Martín Lousteau, entre la revancha en la Ciudad y la literatura

El embajador argentino en Washington le cuenta a Clarín su deseo de ser jefe de Gobierno porteño y "escribir una novela". Su vida de familia en Estados Unidos.

-Veo alguien que va creciendo. Veo el paso del tiempo. Tuve a mi hijo de grande, a los 42, y es una edad en la que vas notando tus propios cambios físicos. Te cuesta más hacer ciertas cosas, pero en lo intelectual, o en la madurez psicológica, me veo creciendo.

-La sensación de calor y protección que me daba mamá. Ibamos a San Martín de los Andes en auto, hacía mucho frío, y ella viajaba conmigo, atrás, muy abrigada, abrazándonos a mí y a mí hermana más chica.

-¿Qué enseñanza le dejaron sus padres? (Hablamos de Guillermo Lousteau Heguy, educado en el Liceo Naval Militar, abogado y licenciado en filosofía; y de Mabel Gellón, arquitecta, fallecida en 2008)

-Ellos se separaron cuando yo había terminado la universidad. Son personalidades muy distintas. En mi casa mi padre era el exigente o el que nos decía cuál era el deber, la obligación. Mi madre era la que aflojaba un poco. Mi padre me inculcó la exigencia, y mi madre la libertad.

-No. Nunca, objetivamente, he querido con anhelo nada de lo que he hecho. Cuando estudiaba economía, no me planteaba ni pensaba en ser ministro de Economía, ni presidente de un banco. De hecho, lo primero que hice fue hacer un doctorado porque quería seguir una trayectoria más académica.

-La crisis del 2001 tuvo mucho que ver y también los años previos a la crisis. En la consultora donde yo trabajaba incluso en un momento plantee dedicarme a la política, con mis socios. Dos de ellos incursionaron entonces en la política.

-Alfonso Prat- Gay y Pedro Lacoste. Había que involucrarse porque el camino de relatar solamente lo que le está pasando a una sociedad no me satisfacía y de hecho me frustraba mucho. Me parecía que si nosotros teníamos una visión había que participar y en el 2002, cuando a Alfonso lo designaron presidente del Banco Central, fui como su asesor. Ese fue el cambio de vocación. Creo que hay gente que tiene una vocación manifiesta desde muy temprano y gente que va descubriendo cuál es su vocación. En estos casos, siempre vuelvo a mi madre y una pregunta suya: “¿Esto es lo que querés hacer?”. Siempre vuelvo a esa pregunta, en mi trabajo, en mi familia y en los amigos que me conocen de chico.

-Yo había sido presidente del Banco Provincia. Estaba en India para unas conferencias y recibí el llamado de Alberto Fernández, como a las 3 de la mañana. En 48 horas me vi con él. Lo consulté con mi equipo y tuve una reunión con la ahora ex presidenta, en Olivos. Esa charla fue buena, después las cosas se complicaron mucho.

-¿Ahora se arrepiente de algo, de lo que pasó con la 125, por ejemplo?

-Yo quería reducir los subsidios. Y quienes los manejaban, Moreno, Jaime y De Vido, no querían eso. La alternativa que salió fue la de Moreno, ponerle un precio tope a la soja.

-Creo que el kirchnerismo cada vez que eligió tener una pelea, inclusive por errores, puso casi todos los recursos que tenía en función de orientar esa pelea desde el discurso público. Esa cohesión es muy importante si hacés el bien y es nociva si hacés el mal.

-Es muy cerrado, no se permite ningún disenso interno. Yo desde el principio tenía disensos y eso me generó incomodidad.

-Su mamá influyó mucho en su vida, ¿no llegó a conocer a Gaspar, su hijo?

-Me pegó mal, todavía me duele. Y trato de evitar el tema porque es algo que me emociona. Me da mucha bronca ...(Se le llenan los ojos de lágrimas)

-¿Cómo imaginaba que podría haber sido esa relación entre su mamá y su hijo?

-(Hace una pausa, se seca disimuladamente los ojos) Mi hermano tiene cinco hijos, que van desde los 26 hasta los 20. Yo la pude ver a mi madre con sus nietos. Sé cómo era con sus nietos y quería que mi hermana tuviera hijos. Conectaba tan bien con sus nietos, por eso me da mucha pena que no haya podido conocer ni a Gaspar ni a Vicente (su sobrino).

-Me la presentaron amigos en común. Una amiga de ella y un conocido mío.

-Fue todo muy natural. Nos llevamos muy bien desde muy temprano, particularmente con el sentido del humor. Carla es muy divertida y es muy relajada. Y fue muy rápido darnos cuenta de que teníamos en el otro un cómplice para la vida. Al rato estábamos viviendo juntos y vino Gaspar. Yo tenía 42 cuando tuve a Gaspar, Carla 38.

-¿Cómo es Martín Lousteau como papá, más parecido a su papá, a su mamá, una mezcla de los dos?

-Gaspar es hijo único y lo tuve relativamente grande y por eso me cuesta mucho ponerle límites. Carla le ordena más sus rutinas. Cuando vuelvo tarde de trabajar empiezo a jugar con él a cualquier cosa, con cosquillas, a la lucha. Casi todas las noches llevo a Gaspar a la cama y le tengo que leer como cuatro libros antes de que se duerma. Me encanta ser padre.

-La verdad es que eso nunca lo viví de chico, así que ni le presto atención. Sucede que cuando la gente es conocida se vuelve más atractiva. Parece que los hombres o mujeres exitosas te generan otra cosa, pero te diría que es al revés, la pérdida de anonimato es algo que no me gusta, porque soy un espíritu libre... pero cuando todo el mundo te está mirando perdés la libertad. En Buenos Aires no puedo ir a comer o tomar algo porque alguien te saca una foto.

-A mí me gusta mucho Buenos Aires, me parece una ciudad extraordinaria. A Gaspar le encanta estar acá y es la primera experiencia que tiene en vivir en una casa. Veo que él es muy feliz acá.

-Con Carla tomamos las decisiones en conjunto. Está claro que no me veo viviendo en Washington para siempre porque ella tiene una profesión, es muy exitosa en lo suyo y el mejor lugar para ejercerla es Buenos Aires. Mi profesión también tiene que ver con Buenos Aires.

Nuestro espacio, ECO (Energía Ciudadana Organizada), va a estar representado, el año que viene y en 2019. Como estuvimos muy cerca y formamos un equipo de gestión en las distintas áreas, vamos a presentar lo mismo en 2019 y el año que viene vamos a decidir la mejor estructura para ir a la elección.

-¿Cómo se siente en esa dualidad de ser opositor y a la vez oficialista, por haber sido designado por Macri aquí en Washington?

-Argentina tiene problemas graves como inflación, pobreza de 32% después de 30 años de democracia, inseguridad, la aparición del narco, la corrupción. Estos desafíos son casi pre ideológicos, en el sentido de que si no los resolvemos no tenemos ni para empezar. Por eso creo que hay que apoyar, ser constructivo, lo cual no quiere decir ser acrítico. Por otro lado, la elección de la Ciudad demuestra que las visiones no son siempre coincidentes y hay matices. En la Ciudad la gente eligió y ganó Rodríguez Larreta, pero tuvo posibilidades de ver alternativas distintas. Perdimos por 40 mil votos. Dimos lo máximo, hicimos una campaña de acuerdo a nuestros principios y prefiero perder con esos principios que ganar haciendo cosas de las que después me voy a arrepentir.

-¿Cómo se lleva personalmente con Macri y cómo ve los primeros meses de su gestión?

-Me junto con el Presidente cada vez que voy. Nuestras charlas pasan por la gestión de la Embajada y la relación con Estados Unidos. Y también por la política y la economía locales. La verdad yo lo veo muy enfocado y creo que a veces subestimamos lo complejo de la herencia. Yo creo que él tiene una agenda bastante clara pero nos olvidamos que la transformación es costosa. Lo importante es si estás mejorando las cosas. El gobierno anterior simulaba que las cosas estaban bien y ahora se explicitó la realidad. Creo que la gente intuye que se está tratando de hacer las cosas bien.

-Si me llama la ex presidenta la atiendo, pero no creo que vaya a tomar un café porqué jamás tuve diálogo. Desde que renuncié jamás tuve ningún tipo de diálogo con ella. A mí siempre la figura institucional de un presidente me parece importante, pero después de ocho años no sé para qué serviría tomar un café con ella.

-Mi hijo, mi familia. Es una felicidad incomparable con cualquier otra cosa. Todo lo que hacemos en la vida está predeterminado por algo que es la lotería antes de nacer, dónde te tocó nacer, con qué posibilidades. Yo tuve la suerte de nacer en Buenos Aires, con dos padres profesionales, en una familia que tenía medios para educarme, pude ir al Nacional Buenos Aires. Después constituí lo más importante que uno puede hacer en la vida, que es una buena familia ... y también soy feliz porque no hago cosas que me disgustan. Me gusta escribir, escribí cuatro libros. Y cada vez que llego a casa y mi hijo lo primero que me dice es: “Papá sacate el traje, ponete la remera para jugar” ... Entonces, ahí, me siento un tipo súper feliz.

La puerta se abre y un hombre de sonrisa cordial recibe a Clarín en la residencia del embajador en Washington, enclavada en un bosque hoy rojizo y dorado de otoño, donde suelen corretear ciervos y ardillas. “Buenos días, soy el mayordomo”, dice y señala el camino hacia el living donde espera Martín Lousteau. A los 45 años, el hoy embajador dice ser un hombre de espíritu libre y eso no sólo se revela en su resistencia a domar sus clásicos rulos que son su sello aun en un mundo de embajadores engominados. Se nota que tiene bien presente el mandato de su mamá Mabel, que lo impulsaba a hacer lo que realmente le gustaba, lejos de las exigencias de papá Guillermo. La muerte de Mabel en 2008, cuando él llevaba muy poco tiempo en el Ministerio de Economía, parece ser aún una herida abierta.

De chiquito quería ser ingeniero. Mientras estudiaba, se ganaba la vida como profesor de tenis, y cuando salió de la Universidad se fue por un posgrado a Londres. Fue corresponsal de guerra en Afganistán -dice que el atentado de las Torres Gemelas lo conmovió mucho y fue al terreno a buscar los motivos— y recién después se le despertó el deseo del servicio público. Fue parte del gobierno kirchnerista y luego se abrió. Escribió cuatro libros y sueña con editar una novela. Hoy fluctúa sin complejos entre el oficialismo y la oposición porque “hay que apoyar, ser constructivo, lo cual no quiere decir ser acrítico”.

Se dice un hombre “afortunado en la lotería de la vida”, ya que nació en Barrio Norte, tuvo una educación de elite y posibilidades que otros no tuvieron. Se lo ve cómodo en Washington, pero sabe que es un ave de paso en esta capital. Tiene un ojo en la relación bilateral con EE.UU., pero el otro mira definitivamente hacia Buenos Aires, donde aspira a ser jefe de Gobierno en 2019.

No parece disfrutan del poder por el poder mismo. Prefiere ir paso a paso y disfrutar el momento. El centro real de su universo son su mujer Carla y el pequeño Gaspar, de 3 años, que adora saltar en la cama elástica en el parque de la mansión de Washington y que ya no extraña el pequeño departamento del centro de Buenos Aires, donde vivió hasta hace apenas unos meses.

Fuente: clarin.com

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