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Roland Garros. Del Potro volvió a sentir el perfume de París y ahora tiene que procesar algunos mensajes

3 de junio de 2017 15:28
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Más allá de la paridad de los dos primeros sets y de las ocasiones que tuvo, el argentino se quedó sin respuestas para contrarrestar el juego de Murray; rumbo a la etapa de la temporada que más le gusta, concretar la llegada de un coach debería ayudarlo

PARIS.- Lejos de aquellas batallas en Río 2016 y por la Copa Davis en Glasgow. Probablemente porque ninguno de los dos es hoy lo que representaban en la cancha en ese segmento de la temporada. Pero quien mejor entendió la historia e interpretó lo que pedía el choque fue Andy Murray: tarea de destrucción, mental y física, y remate de KO. Por momentos, hasta con toques más propios de exhibiciones que de una tercera rueda de Roland Garros. Fue el fin del regreso de Juan Martín del Potro al tradicional Grand Slam sobre polvo de ladrillo tras cinco años. Que debe dejarle sensaciones variadas, más allá de su satisfacción por el reencuentro con un certamen muy especial para el tenis argentino, aunque hoy por hoy no sea el preferido de muchos de nuestros cultores de la raqueta.

Con los matices del caso, se vio que Del Potro tuvo con qué dar pelea, aunque le faltaron algunas respuestas. Precisamente todo lo que le sobró a Murray, que salió decidido, con una estrategia propia de los NBA: asumió que podía quedar parado ante muchos tiros del tandilense y que podía errar los intentos, pero fue admirable cómo sacó de ritmo y del eje de confort al argentino, a base de drops, globos, toques, como si fuera paddle, a la vez que lo transportó a usar seguido un menos riesgoso slice de revés. Tuvo siempre en la cabeza qué tenía que hacer dentro de la cancha, algo en lo que seguramente influyó el plan concebido por Ivan Lendl, siempre pétreo en su butaca, pero claro a la hora de establecer una hoja de ruta.

Tuvo sus chances Del Potro, sobre todo en el primer set. Con cuatro oportunidades para definirlo (5-3, 5-4 y dos más en el tie-break). El saque lo sostuvo varias veces, y en otras lo traicionó, con dobles faltas inoportunas. Esos 87 minutos con desenlace adverso derivaron en un efecto psicológico crucial, más allá del último manotazo que le posibilitó igualar en 5 en el segundo, con break, cuando Murray sacaba para set. Pero sobre todas las cosas, provocaron un quiebre físico y emocional decisivo. Del Potro tenía actitud en el tanque: lo mostró corriendo para todos lados dando muy pocos puntos por perdidos. Lo que no tenía eran piernas frescas para llegar con el tiempo necesario ni fórmulas tácticas para sacarlo al británico del GPS que estaba llevándolo por el camino más lógico a los octavos de final. Que terminó jugando como lo que es: un número 1. Detalle que resulta insoslayable a la hora de explicar muchas cosas.

El 7-6 (8), 7-5 y 6-0, en 2h53 certifica una superación del Murray que se venía viendo, a quien se lo observa de reojo por ser un líder en tiempos inestables y por estar en una superficie en la que su potencial aparece más limitado. Que seguramente esperaba un partido de más larga duración luego de los antecedentes de un año atrás. Si estuvo menos de tres horas en la cancha fue por mérito propio. Se metió en la segunda semana y lo espera el ganador de John Isner (EE.UU., 22°) y Karen Khachanov (Rusia).

Para Del Potro, llegará ahora el regreso a la Argentina. Acentuar su puesta a punto para la etapa de césped, donde tiene muchas expectativas de logros importantes. Y acaso profundizar la búsqueda de un nuevo coach para completar su equipo de trabajo. Candidatos en la cabeza tiene, tanto él como su entorno y quienes conducen su carrera (Team 8, la sociedad de Roger Federer y Tony Godsick). Aquí mismo, el tandilense explicó que su idea era llegar a París con entrenador designado, pero que la situación familiar (el fallecimiento de su abuelo) alteró los planes y prefirió no tomar decisiones de apuro. Se avecina ahora la etapa que más le gusta: el césped y luego los torneos en canchas duras. Mentalmente, tiene un perfil armado: las segundas mitades del año son superiores a las primeras y en la evaluación considera que hoy está mejor que en 2016 a esta altura de la temporada. Con lógica, cabe esperar que sea esta la hora de acelerar. Su plan, luego del impactante e inolvidable regreso, de la gloria olímpica con una plateada que valió oro y la Davis en Zagreb, fue hacer cosas importantes en el circuito. ¿Puede conseguirlas sin entrenador?

Como él mismo sostiene, un entrenador no va a cambiarle la manera de jugar. No será Del Potro un jugador de saque y volea si lo dirigen Pat Cash o Stefan Edberg ni un ejecutante sistemático de drops. Pero sí puede precisar alguien que le marque dos o tres tips para sacar mejor provecho de sus condiciones, que le sugiera cuál es la manera más óptima de entrenarse y con quien, que le prepare partidos determinantes con detalles que una mirada sabia y fría desde afuera conjugue con sus sensaciones dentro de la cancha, y que pueda enviarle un SMS a su cabeza cuando la impotencia empieza a envolverlo, como le ocurrió con Murray. Quizás hubiese perdido igual con el escocés teniendo un coach. Existen pocos autodidactas en el mundo. Pero el propio Guillermo Vilas dijo que, aún siendo un gran jugador, sabía que necesitaba de un Ion Tiriac para romper ciertas barreras.

Volvió a París. A sentirse atrapado por la atmósfera particular del certamen. A sentir el afecto de la gente, que lo alentó todo el partido y lo despidió como un francés más. Atraviesa una etapa que califica "de disfrute y de dejarse sorprender por lo que consiga". Está en su derecho. También dijo que, estando bien y suelto, es peligroso para cualquier rival. No siempre se puede, eso es evidente, y más cuando aparece un Murray en versión reseteada. Lo más valioso será que Del Potro evalúe el global del partido y no parcelas. Porque los Grand Slams imponen otras necesidades. Roma y París le dejaron mensajes ambivalentes. Con respuestas que deberá encontrar en su intimidad.

Fuente: lanacion.com.ar

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