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Los dos tercios de votos opositores, el botín mayor para después de octubre

24 de septiembre de 2017 04:35
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La cartografía política de la Argentina fue mutando en su conformación desde la implosión que dejó la crisis de 2001-2002 y que sepultó el bipartidismo. En 2003 hubo atomización y cinco candidatos con chances de gobernar; en 2007 y 2011 viró hacia una unipolaridad kirchnerista con una oposición fragmentada e ideológicamente confusa (con fórmulas como las de Lavagna-Morales o Alfonsín-De Narváez en la provincia, por ejemplo), y en 2015 le abrió paso al macrismo, que llegó al poder con una distribución de votos que osciló entre un esquema de tercios (PASO y general) y otro de bipolaridad (ballottage).

Después de las próximas elecciones del 22 de octubre probablemente empiece a gestarse una nueva mutación en el mapa nacional, porque van a funcionar como un corolario de los comicios de hace dos años: 2017 cierra el ciclo de 2015, con Cambiemos como fuerza principal y el kirchnerismo en declive. Es un año bisagra para la geolocalización política del voto.

El día después de las elecciones arrojará un dato clave, subyacente al nombre de los ganadores: si se repite el escenario de las PASO, habrá un oficialismo triunfante con un 36% de los votos nacionales y una oposición derrotada con el 64%. La gran diferencia, claramente, es que el 36% tributa totalmente a Mauricio Macri y el 64% tiene cientos de dueños, aunque el 45% podría definirse en sentido amplio como peronista.

El voto al oficialismo es el que va a emerger más galvanizado en el escenario poselectoral. Macri está logrando trabajosamente construir una identidad de votante, aunque hasta ahora la principal fuente de identificación sea el antikirchnerismo. Si la economía repunta, podrá darle a su espacio un sentido de pertenencia más prospectivo.

La gran pregunta en realidad es qué va a pasar con el resto, con el 64% de los que no eligen a Cambiemos, en su inmensa mayoría votos peronistas dispersos.

En el Gobierno hay un objetivo compartido por todos los que intervienen en la estrategia política, pero también hay una diferencia táctica que divide aguas. Hay consenso en que el oficialismo debe incrementar su base de sustentación política de cara a 2019, para pasar de ser una primera minoría que apenas excede el tercio de los apoyos a transformarse en una fuerza mayoritaria que se convierta en eje referencial del sistema. Es la única forma de no quedar tan expuesto a negociaciones desgastantes con otros partidos y a las oscilaciones del humor social.

Pero hay discrepancias sobre el modo de alcanzar esa meta. Un sector, encarnado por referentes con afinidades con el PJ, como Emilio Monzó, Joaquín de la Torre y Sebastián De Luca, piensa que esa ofensiva debería canalizarse a través de la incorporación de dirigentes peronistas, aprovechando la dispersión opositora y la intención de varios gobernadores e intendentes de jugar más cerca del oficialismo.

Pero el ala con mayor influencia, liderado por Marcos Peña y Jaime Durán Barba, sostiene que eso sería repetir el error de experimentos aliancistas anteriores y que el crecimiento se debe lograr a partir de la expansión de Cambiemos. El resultado de las PASO de agosto terminó de inclinar la balanza por el grupo más purista.

No habrá cooptación de dirigentes ("vieja política"), sino que habrá captación de votantes a partir de un cambio cultural ("nueva política"). Durán Barba escribió en su libro La política en el siglo XXI dos máximas que sintetizan esta lógica. Una: "Los votos no son de nadie", ergo, no sirven los acuerdos de cúpula. Otra: "La oposición no existe" (como concepto unitario), en consecuencia, es permeable.

Un reciente estudio de la consultora Isonomía le pone números a este principio: el 57% de los votantes dice que no le gusta ningún partido político; el 26%, que prefiere los "frentes nuevos", y sólo el 17%, los "partidos históricos". Tiene alguna lógica: el 37% de los votantes nacieron después de 1983, subraya el mismo trabajo.

El peronismo olfatea que enfrenta un fenómeno botánico diferente: esta vez no pretenden trasplantar algunas de sus ramas en otra maceta, sino infiltrarle clorofila amarilla. Por eso entró en estado de ebullición.

Uno de los intendentes peronistas del conurbano le comentó espantado a un colega esta semana: "Si seguimos así, en dos años nos van a pintar la provincia de Buenos Aires con los colores de Cambiemos". Lo curioso es que la percepción incluye a la tropa de Cristina Kirchner, en donde admiten que las encuestas le marcan el camino de una derrota en octubre.

"Está claro que con Cristina no alcanza para proyectarnos, pero también que sin ella no se puede." La frase pertenece a uno de los intendentes que más fotos se sacaron con ella en la campaña, quien asegura que la ex presidenta promete no entorpecer la reconstrucción del peronismo.

"La señora se va a ir corriendo de la centralidad, la veo colaborando con la renovación; se va a mantener por encima, aunque sin decir nunca en público que no va a jugar en 2019 porque ahí se la fagocitan. Lo venimos hablando con ella, sabe que lo que está en juego es la supervivencia del movimiento", agrega.

Pero no está tan claro que el proceso vaya a ser tan conversado. Un grupo de alcaldes ya tiene prevista una acción en pinzas para arrebatarle la conducción del PJ bonaerense a Fernando Espinoza. "Hay que renovar las caras", dicen, con pragmatismo implacable. Al mismo tiempo, las conversaciones con Sergio Massa se aceleraron después de las PASO. Juan Manuel Urtubey ya les transmitió a varios que el 23 de octubre lanzará oficialmente su candidatura a presidente. Diego Bossio está preparando las sillas de su Bloque Justicialista para albergar a los diputados que representen a los gobernadores más dialoguistas y así disecar la bancada del viejo FPV. Miguel Ángel Pichetto ya le declaró la guerra a Cristina en el Senado.

Los peronistas están dando señales desordenadas de que dos derrotas seguidas son un plato difícil de procesar para el aparato digestivo del partido. Mucho más cuando los acecha una fuerza nueva que parece haberles encontrado la vuelta. No es poco lo que está en juego: son dos tercios de los votos sin un referente claro.

Fuente: lanacion.com.ar

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