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Todos quieren saltar el muro

28 de enero de 2017 04:44
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Todos quieren saltar el muro

Académicos y analistas aficionados a las simetrías de la historia han empezado a recordar en estos días recomendaciones que, en el principio de la presidencia de Richard Nixon, Henry Kissinger, primero consejero de Seguridad Nacional y luego secretario de Estado de aquella administración, solía darle a su jefe: hay que restablecer la relación con China para aislar a la Unión Soviética. Esa estrategia, que incluyó un viaje secreto de Kissinger a Pekín en 1971, una visita oficial del presidente al año siguiente y la apertura de "oficinas enlace" en las respectivas capitales, acaba de cobrar vigencia, pero en sentido inverso, con la conversación a puertas cerradas que Donald Trump y el diplomático de 93 años tuvieron en noviembre en Nueva York. Los creyentes del tiempo circular suponen que el consejo fue esta vez exactamente el opuesto: acercarse a Rusia para condicionar a China. Hace algunas semanas, Kissinger les dio públicamente la razón en una entrevista: "Es conveniente para Estados Unidos tener una relación más comprensiva con el Kremlin", insistió.

Suficiente para que el mundo empiece a trazar especulaciones de geopolítica que, además, se dan en simultáneo con incógnitas de carácter institucional: ¿pretende el presidente, como insinúa, terminar con el multilateralismo que Estados Unidos ejerce desde el fin de la Guerra Fría? Esa condición de la principal potencia como protagonista permanente en los organismos globales viene siendo puesta en duda desde hace algunos años en foros universitarios y militares, donde pregonan los supuestos beneficios de lo que llaman "el fin de las alianzas": en adelante, afirman, Estados Unidos debería abocarse sólo a relaciones bilaterales. La propuesta se basa en la idea de que ese país, rector y propalador de las democracias de Occidente, suele sostener económicamente entes multilaterales en los que queda sujeto a intereses o conflictos de naciones menores que, para peor, terminan a veces tomando las decisiones de peso.

Los primeros pasos de Trump parecen haber sido dados en ese sentido. El más sutil fue haberles reclamado a las naciones europeas de la OTAN que cumplan con los presupuestos de defensa a que se comprometieron, facturas que siempre termina pagando Estados Unidos. La advertencia ya puso en estado de alerta a entidades como la Organización Internacional del Trabajo, donde admiten que el 50% de los recursos con que cuentan es aportado en los hechos, dado del retraso de otros miembros, por el Estado norteamericano. El otro gran mensaje, más elocuente, fue la decisión de retirarse del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, bloque que Estados Unidos se disponía a integrar con otros diez países como Australia, Canadá, Japón, Malasia y México.

¿Habrá que adaptarse a una reconfiguración total del planeta? Los efectos más sensibles de la era Trump, como los que experimenta México después del anuncio de la edificación del muro en sus fronteras o los pedidos del presidente a automotrices para que se instalen en territorio norteamericano, tienen todavía a la Argentina como espectadora lejana. Más aún: en sectores como el agroindustrial, donde aguardan como caso testigo la revisión del acuerdo para exportar limones hacia allá, interpretan el sacudón como el de un río revuelto a partir del que, tal vez, podrían obtenerse ciertas ventajas. Desde esa óptica, por ejemplo, el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica habrá sido apenas una anécdota: una oportunidad que el país estaba perdiendo frente a naciones que, como México o Perú, por pertenecer a un club exclusivo, le llevaban una ventaja de diez años. "Esto es como empezar todo de nuevo y volver a barajar", evaluaban anteayer en la Unión Industrial Argentina.

Que la llegada de Trump haya sorprendido a nuestro país con la economía estancada ayuda a que converjan, por fin, las urgencias del establishment local con las del gobierno de Macri: la Argentina requerirá de una estrategia global para moverse en el nuevo orden. El objetivo común es ahora una metáfora del de muchos mexicanos, saltar el muro, y eso puede lograrse buscando nuevos socios y alianzas comerciales, algo que se anticipa más sencillo para la Argentina y Brasil, que no han sido afectados directamente por las decisiones del magnate neoyorquino. No hacerlo no sólo será volver a perder el tren, sino agravar los problemas que ya existen: un eventual cierre de mercados sería letal, por ejemplo, para las economías regionales alimentarias, que exportan el 50% de su producción.

El convencimiento de que lo incierto está más afuera que adentro acelera la necesidad de mejorar la microeconomía, urgencia que vino aquí con una sorpresa: Nicolás Dujovne, un ministro que no cautivaba ideológicamente a los dirigentes fabriles, se convirtió, según ellos, en el funcionario más apto para devolverles, vía reformas impositivas, parte de la competitividad perdida. Es la razón por la que Adrián Kaufmann, presidente de la UIA, fue a verlo la semana pasada acompañado por Carlos Abeledo, jefe del departamento de política tributaria de la entidad, y será seguramente tema de conversación la semana próxima, en una reunión similar entre Dujovne y la Copal.

Con Washington, terminado el breve ciclo de afinidades con Obama, la Casa Rosada tiene que volver a empezar de cero la relación. Tanto la canciller, Susana Malcorra, como el embajador Martín Lousteau están sondeando los modos de llegar a los funcionarios más influyentes, uno de los cuales conoce ya parte de la atmósfera argentina: Rex Tillerson, designado secretario de Estado norteamericano, ya se reunió aquí en junio con Macri como presidente de ExxonMobil, y cinco años antes, en el hotel Mandarin de Nueva York, lo había hecho con Cristina Kirchner. Tillerson, que será el hombre más relevante de Trump, se saludó hace pocos días en una comida con Lousteau.

Pero son interacciones que posiblemente requieran más tiempo que con los demócratas. Por lo pronto habrá que interpretar el carácter y el estilo de los recién llegados. Quienes los han tratado en la campaña y ya en el ejercicio del poder afirman que no se los puede comparar con elites anteriores. Entre otras razones porque se jactan de ser despectivos de la tradicional burocracia de Washington. Ásperos para plantear sus intereses, dicen ser capaces de negociar acuerdos si las circunstancias lo requieren y detestan lo que definen como viejas políticas improductivas o débiles. Serán entonces más extravagantes que otros gobiernos republicanos. Ironías de pos Guerra Fría, que termina de ubicar a Estados Unidos en el reverso exacto de su historia: Reagan celebró la victoria de Occidente con la caída de un muro meses después de dejar la Casa Blanca; Trump pretende lo mismo volviéndolo a edificar.

Fuente: lanacion.com.ar

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