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UE y Rusia salen al rescate

5 de marzo de 2014 05:17
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Los problemas enraizados en la compleja historia del pueblo ucraniano se han agravado

En estos momentos, Ucrania está enferma. Y no es un resfriado de poca monta sino una fiebre peligrosa. Los problemas enraizados en la complicada historia del pueblo de Ucrania se han ahondado recientemente debido a políticas irresponsables de los dirigentes del país, saturados de demagogia, de corrupción, de codicia, de mala administración y de ambición personal sin límites. Todos los líderes del estado ucraniano moderno, Kravchuk, Kuchma, Yuchschenko, Timoshenko, Yanukovich y sus compinches y asociados, han contribuido, cada uno a su modo, a la profunda crisis que ha terminado por estallar en el país.

Como sucede a menudo, los primeros en hacer un uso abusivo de la crisis han resultado ser grupos nacionalistas extremistas. Lo que ocurrió en Kiev a finales de febrero es nada más y nada menos que un cambio violento de poder a manos de extremistas políticos radicales que habían estado planeando el 'coup d'état' durante mucho tiempo y que ni siquiera habían intentado camuflar sus intenciones (para confirmar este punto basta tan sólo con visitar sus sitios 'web' públicos). Nadie negará que Victor Yanukovich tiene que aceptar una parte de responsabilidad en la crisis, pero nadie debería negar tampoco que el presidente legítimo fue privado del poder por medios inconstitucionales y no pacíficos. ¿Fueron fuerzas externas parte de este cambio de poder? No se puede negar una intervención externa, pero está claro que dicha participación no fue el factor clave en los acontecimientos de Kiev.

¿Cuáles fueron las decisiones inmediatas de los radicales que secuestraron el poder en Kiev? Comenzaron por recortar los derechos de las minorías (incluidos los derechos a la lengua propia), exigieron la prohibición de los partidos políticos que no les agradaban e hicieron un llamamiento a las depuraciones. Estas pautas, experimentadas en Kiev, deberían de haberse aplicado en Ucrania con carácter general.

Bajo tales circunstancias, ¿podía Rusia seguir siendo un espectador que, de brazos cruzados, se limitara a contemplar el evidente abuso de poder? ¿Podía Rusia cerrar los ojos al destino de millones de sus compatriotas y de rusos de origen que viven en Ucrania? Las acciones llevadas a cabo por Rusia, que tan apasionada reacción han despertado en Occidente, han estado guiadas por una única intención: enviar a las nuevas autoridades de Kiev un mensaje claro de que no deben mantener por más tiempo el rumbo imprudente e irresponsable que han emprendido y que tienen que tener en cuenta y respetar las posiciones y los sentimientos de los ucranianos de todas las regiones del país. Mis colegas occidentales, los que se esfuerzan en justificar los bombardeos de la OTAN sobre Yugoslavia y el uso de la fuerza militar en otras regiones del mundo sin mandato del Consejo de Seguridad de la ONU, me han asegurado en multitud de ocasiones que, para ellos, el cometido más importante ha sido el de ejercer la "responsabilidad de protección" de las poblaciones locales. ¿Pero por qué no puede aplicarse a la Ucrania de hoy el principio de la "responsabilidad de protección"? Cabría señalar de paso que no hay decisiones ni acciones de Rusia que hayan ido más allá de las disposiciones o acuerdos internacionales aplicables al caso.

A veces se argumenta que la crisis ucraniana tiene sus raíces en la intención de Rusia de privar a Ucrania de su "opción europea". La cuestión de la "opción europea" no ha sido la causa principal de la crisis sino que más bien ha resultado ser su detonante por permitir que los radicales de Ucrania 'internacionalizaran' los problemas internos del país. Sin embargo, los argumentos sobre la "opción europea" carecen totalmente de fundamento.

En primer lugar, Ucrania ha sido siempre y seguirá siendo siempre un estado europeo, lo que en modo alguno le priva de mantener amplias relaciones con estados de otras partes del mundo. Esto es más que natural en la era de la globalización. En segundo lugar, si por "opción" se entiende la adhesión a la Unión Europea (UE), esta cuestión no está en la agenda y no va a incluirse en la agenda dentro de un futuro previsible. En tercer lugar, Ucrania no puede contar con una ayuda financiera de la UE equiparable a la ayuda prestada por Bruselas a los países candidatos de Europa Central; la Unión Europea no es capaz hoy en día de digerir un país con una población de 46 millones de habitantes y su correspondiente paquete adjunto de problemas intrínsecos de carácter social, económico, de infraestructura y de otro tipo. En cuarto lugar, si la "opción" se reduce a los valores europeos, entonces hay que subrayar que Ucrania aceptó esos valores hace mucho tiempo al adherirse al Consejo de Europa y a la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa). Y si no se han respetado estos valores, no es porque alguien esté tratando de evitar que Ucrania los respete sino por el nivel actual de la cultura y la inmadurez políticas de la clase política ucraniana.

Las especulaciones teológicas acerca de la "opción europea" han dado lugar a que se haya presentado a Kiev un falso dilema: asociarse a Bruselas o quedarse con Moscú. No es tan importante hoy en día qué es lo que fue primero, si Bruselas o Moscú, para definir el dilema ucraniano de esta manera tan rígida. No obstante, lo cierto es que así se ha presentado y lo que ha quedado en limpio ha sido que, en vez de ser parte de la solución, Rusia y la Unión Europea han terminado por ser parte del problema.

Sería prematuro presentar aquí un juicio definitivo sobre los resultados de la crisis de Ucrania o sobre sus consecuencias internacionales. La muerte de decenas de personas en las calles de Kiev ya es un precio demasiado alto para cualquier transformación política. Sin embargo, parece evidente que las consecuencias de la crisis pueden ser también de naturaleza a largo plazo, no sólo para la propia Ucrania sino para las relaciones entre el Este y el Oeste del continente europeo. La crisis ha provocado ya una potente explosión de discursos al estilo de la guerra fría en ambos lados, como si determinados políticos tuvieran nostalgia del siglo pasado y estuvieran tratando de aprovechar una magnífica oportunidad de volver a aquellos tiempos compitiendo entre sí en la complejidad de las acusaciones mutuas. Esta agresiva espiral de hostilidad, si no se para en seco, puede dañar gravemente las relaciones entre Rusia y la Unión Europea y Rusia y los Estados Unidos y reducir la eficacia de nuestros esfuerzos conjuntos para hacer frente a las nuevas amenazas y desafíos comunes a todos nosotros. Además, por supuesto, una confrontación de esta naturaleza haría más difícil aún cualquier solución duradera en Ucrania, si es que no la imposibilitaba por completo.

Es de interés tanto de Rusia como de Europa evitar que se produzca este escenario. Después de todo, Moscú y Bruselas deberían estar interesadas en el mantenimiento de la soberanía, la independencia y la integridad territorial de Ucrania y en el restablecimiento de la ley y el orden en Ucrania. Sin la consecución de estos objetivos, será imposible resolver la crisis en curso y ayudar al pueblo de Ucrania a levantar un país estable y próspero que le garantice el lugar que le corresponde en el seno de la familia europea. Tenemos que pasar con urgencia de las acusaciones mutuas a la elaboración de fórmulas específicas a través de las cuales Ucrania, con una colaboración activa y coordinada de Rusia y la Unión Europea, pueda introducir las reformas políticas y económicas necesarias para estabilizar la situación, recuperar una vida normal y empezar a poner en práctica cambios estructurales en la vida económica y social.

Al mismo tiempo, Moscú, Bruselas y Washington deben aprender sus propias lecciones derivadas de la crisis. Deben acelerar el esfuerzo de superación de la herencia residual de la Guerra Fría que nos impide a todos nosotros la construcción de un nuevo sistema de relaciones internacionales propio del siglo XXI. Entre otras cosas, esto es indispensable para hacer una inversión política seria en la conformación de un moderno sistema de seguridad indivisible e integrador en el espacio euro-atlántico.

Igor Ivanov es ex ministro de Exteriores ruso, ex secretario del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa y presidente del Consejo de Asuntos Internacionales de Rusia (RICA)

Fuente: elmundo.es

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